Archivo para diciembre 2011

Un deseo de Navidad   Leave a comment

 

 

Un deseo de Navidad

 

Era la noche de Navidad y Dios miró a la Tierra para contemplar a todos sus hijos. Habían transcurrido más de 2000 años desde que Él se encarnó en el seno de la Santísima Virgen María y vino al mundo para redimir a los hombres. Entonces se dirigió a uno de sus ángeles más jóvenes y le dijo:
-Baja a la tierra y tráeme una sola cosa, la que mejor represente todo lo bueno que se ha hecho hoy en Mi Nombre.
El ángel hizo una reverencia y descendió al mundo de los humanos, buscando aquello que encerrara lo que Dios le había pedido. Su misión resultó algo difícil, pues muchas cosas se habían hecho para homenajear el nacimiento del Niño Jesús. Para el día de Navidad, las guerras habían cesado temporalmente, las catedrales habían sido construidas y grandes novelas habían sido escritas. ¿Cómo sería posible encontrar entonces algo que representase todo esto?
Mientras sobrevolaba la Tierra, el ángel escuchó el sonido de las campanas de una iglesia. La melodía que se desprendía del campanario era tan hermosa que le recordó la voz de Dios. Mirando hacia abajo, vio la pequeña iglesia de donde provenía la música, y pudo escuchar el canto de un coro que entonaba “Noche de Paz”. Al entrar en el templo, el ángel comprobó que había una sola voz que cantaba la canción. Pero inmediatamente una segunda voz continuó a la primera en perfecta armonía, y luego otra y otra hasta que el coro de voces alumbró el recinto durante toda la noche.
Encantado por el mágico sonido, permaneció en el templo hasta que la canción terminó. Luego se elevó de nuevo por los aires escuchando en todo lugar los maravillosos sonidos que se desprendían de los villancicos. En cada ciudad, fuera ésta pequeña o grande, el ángel escuchó canciones alusivas al Nacimiento de Cristo en la Tierra, interpretadas por grandes orquestas, o bien por las voces de los soldados que se encontraban solos en un campamento militar. Y en cada uno de aquellos lugares encontró paz en los corazones de esos hombres, mujeres y niños.
Tomando con sus manos uno de los sonidos emitidos por una melodía que flotaba en el aire (los ángeles pueden hacer esto), pensó que quizás estas canciones podrían representar lo mejor que podía ofrecer la Tierra en esta Navidad. La voz del hombre era utilizada para entonar bellas cadencias a través de las cuales se llevaba la esperanza y el aliento a aquéllos que creían haberlo perdido todo.
Sin embargo, a pesar de haber encontrado la respuesta a lo que estaba buscando, su corazón le decía que esta música por sí sola no era suficiente. Debería de haber algo más.
Continuó su viaje a través de la espesura de la noche hasta que de repente oyó la oración elevada por un padre en su camino al cielo. Nuevamente miró hacia abajo y vio a un hombre rezando por su hija, de quien no tenía noticias desde hacía mucho tiempo, y que no estaría en casa para esta Navidad.
Siguiendo la intención de la oración, el ángel encontró a la hija de aquel hombre. Estaba parada en la esquina de una ciudad muy grande y, al frente, había un viejo bar donde fácilmente uno podía darse cuenta de que los que estaban sentados ahí rara vez levantaban su vista para mirar por encima de sus bebidas, por lo que no notaron la presencia de la niña. Quien atendía el bar era un hombre que no creía en nada, excepto en su barra y su caja registradora.
De repente, la puerta se abrió y entró un pequeño niño. El barman no podía recordar la última vez que había visto a un niño en aquel lugar, pero antes de que tuviera tiempo para averiguar qué quería, el niño le preguntó si sabía que había una niña, afuera, en la puerta, que no podía regresar a casa en la noche de Navidad. Dando un vistazo por la ventana, vio a la niña frente a la acera. Volteándose hacia el niño, le preguntó cómo sabía eso. El chico replicó:
-Si hoy, siendo Navidad, ella pudiese estar en casa con los suyos, en verdad te digo que lo estaría.
El barman, pensativo, miró de nuevo a la niña. Luego de algunos segundos fue a la caja registradora y sacó todo el dinero que había ahí. Salió del bar, cruzó la pista y siguió a la niña, que había avanzado varios metros. Todos los que estaban en el bar le pudieron ver cuando hablaba con la niña. Finalmente llamó a un taxi, la hizo subir y le indicó al chofer:
-Al aeropuerto Kennedy.
Mientras el taxi se perdía en medio de los demás autos, volteó para buscar al chico, pero él ya se había ido. Regresó al bar y preguntó a todos si habían visto hacia dónde se había dirigido, pero como él, se habían entretenido mirando cómo se perdía el taxi en las calles. Entre risas, un parroquiano comentó que el milagro más increíble del mundo había ocurrido, puesto que durante el resto de la noche, nadie pagó por un trago.
El ángel voló de nuevo. Subió al cielo y puso en las manos de Dios lo que finalmente había encontrado para Él: el deseo de un alma por la felicidad de otro. Y Dios sonrió.
 
Autor desconocido por mí.
 
 

Publicado diciembre 23, 2011 por rosawrosa en Cuentos...

Historia de Navidad – Ryan B.Anderson   Leave a comment

 

 
HISTORIA DE NAVIDAD
 
De mi padre aprendí, una lejana Navidad, que la más grande de las alegrías viene de dar, no de recibir.
Era la Nochebuena de 1881. Yo tenía quince años y sentía que el mundo se había hundido bajo mis pies. ¡No me habían comprado el rifle que yo tanto deseaba esas Navidades!. Mi desilusión no tenía límites y no digamos mi enfado.  
Sintiéndome el mas desgraciado de los muchachos, después de la cena me senté frente a la chimenea a esperar a mi padre que, como todas las Navidades, leería unos versículos de la Biblia antes de retirarnos a descansar.
Pero mi padre aquella noche no fue a buscar la Biblia. En vez de sentarse frente al fuego con el libro en las manos, me llamó; ” Matt, ven afuera conmigo. Abrígate bien”.  ¡Solo faltaba eso…!. No solo no me habían regalado el rifle, sino que ahí estaba mi padre haciéndome abandonar el calor de la casa y por ninguna razón lógica que yo pudiera ver.  Miré a mi madre para hacerle ver la injusticia pero ella solo me dedicó una misteriosa sonrisa.
Obedecí, porque mi padre no tenía mucha paciencia cuando había ordenado alguna cosa, así que volví a ponerme las botas, los guantes , la gorra, la gruesa chaqueta y salí a la helada noche.
Fuera, aún me desanimé más. Delante de la casa mi padre había puesto todo el equipo de trabajo. El trineo grande estaba preparado.  Nunca usábamos el trineo grande a menos que fuera para una carga voluminosa. Me desalenté. Pero cuando mi padre acercó el trineo a la leñera y me ordenó que empezara a cargarlo hasta que no se pudiera más creí verdaderamente que se había vuelto loco. “Papá, ¿ pero que estamos haciendo…?”. El me contestó con otra pregunta; “¿Conoces a la viuda Jensen?”.  La viuda Jensen vivía a unas dos millas de distancia. Su marido había muerto hacia algo más de un año y tenía tres hijos, el mayor de los cuales solo tenia ocho años. “Sí, la conozco, ¿porqué?”. “Yo les he visto hoy – dijo mi padre-. El pequeño Jakey recogía astillas por el camino del pueblo. No tienen leña, Matt”. Y volvió a entrar a la leñera a coger otra brazada de troncos. Yo le seguí.
Cargamos tanto el trineo que pensé que los caballos no podrían con la carga. Aún cargamos un jamón, una pieza grande de tocino, un saco de harina y otro pequeño saco, que no sabía que podía ser. Pregunte que había dentro; “Zapatos, Matt, hay zapatos. Y también un poco de dulce. No parecería Navidad sin un trozo de dulce para los niños”.
Recorrimos las dos millas en silencio. Yo pensaba que la viuda Jensen tenía vecinos mas próximos que nosotros. No eran nuestros amigos más íntimos. Nosotros no éramos ricos, ¿porque papá tenia que comprarles dulces o zapatos a los niños de otras personas?. ¿Realmente teníamos que hacerlo?. No lograba entender que aquello debiera preocuparnos tanto.
Cuando llegamos a casa de los Jensen, descargamos los comestibles en la puerta y llamamos. Una voz tímida, preguntó; “¿Quién es…?”. “Soy Lucas Milles señora y mi hijo Matt, ¿podríamos entrar un momento?”.
La señora Jensen abrió la puerta. Llevaba una manta sobre los hombros. Los niños, sentados alrededor de un mínimo fuego que apenas emitía luz (mucho menos calor), también estaban envueltos en mantas pero se les veía temblar de frío.
“Le hemos traído algunas cosas, señora”. Mi padre puso los alimentos que llevábamos sobre la mesa y luego le dio el saco con los zapatos. La señora Jensen, lo abrió vacilando y saco los zapatos de él. Había cuatro pares de fuertes zapatos allí dentro. Un par para cada miembro de la familia. Yo miraba a la señora. Ella mordió su labio inferior para que no le temblara y entonces las lágrimas llenaron sus ojos y empezaron a correr por sus mejillas. Parecía querer decir algo a mi padre, pero no le salieron las palabras.
“Matt, entra una buena carga de leña. Levantaremos ese fuego que hace falta calor aquí” , dijo mi padre.
Yo no era la misma persona cuando salí a buscar la leña. Tenía un nudo en la garganta y aunque odiaba admitirlo, había lágrimas en mis ojos. Seguía viendo a los tres niños alrededor de una chimenea helada y a su madre, de pie, llorando de gratitud. Mi corazón se llenó de felicidad y estaba más alegre que ninguna otra Navidad que  pudiese recordar. Podía ver que habíamos salvado las vidas de esas personas y era una sensación tan maravillosa haber podido hacerlo, que no encontraba palabras ni para pensarlo.
El fuego ardía ya alegremente y los niños un trozo de dulce en  las manos y se reían felices. La señora Jensen , al fin encontró un poco de voz para decir a mi padre; “El Señor le bendiga. Los niños y yo hemos rezado para que Dios nos enviara un ángel y nos lo ha enviado”. 
Muy a mi pesar, el nudo volvió a mi garganta y las lágrimas amenazaron con caer de mis ojos.
Pensé en mi padre. Recordé todas las veces que había salido en ayuda de otros, lo que hacía por mamá y por mí. Cuanto trabajaba y cuantas veces se sacrificó por todos. La lista parecía interminable cuando pensé en eso. Yo también creí que mi padre era un ángel.
Teníamos que irnos ya. Los pequeños abrazaron largamente a mi padre. Supuse, (otra vez el nudo), que añoraban mucho al suyo y yo  me sentí muy feliz por tener aún al mío.
Ya en la puerta, mi padre se volvió a la señora Jensen; “Mi esposa me pidió que les invitara a usted y a los niños para la cena de Navidad. El pavo es demasiado grande para nosotros tres y un hombre puede enfadarse mucho si tiene que comer sobras de pavo durante muchos días seguidos. Nos gustaría volver a tener niños pequeños alrededor”.  La señora Jensen aceptó y nosotros nos encaminamos a casa.
Ni siquiera noté el frío en el camino de vuelta. Ya llegábamos a casa cuando mi padre empezó a hablar; “Matt, quiero que sepas algo. Tu madre y yo hemos ahorrado durante todo el año para poder comprarte ese rifle que tanto deseabas y esta mañana fui al pueblo justamente a eso, a comprar tu rifle. Pero vi al pequeño Jakey recoger  astillas y también le vi envolverse los pies en un trozo de saco. Entonces supe lo que tenía que hacer y gasté el dinero de tu regalo en zapatos y en un poco de dulce para esas criaturas. Espero que  lo entiendas”.
Yo entendí muy bien y mis ojos otra vez se llenaron de lágrimas. Simplemente, el rifle se había quedado muy abajo en mi lista de prioridades. Mi padre me había dado mucho más. Me había dado las sonrisas radiantes de la señora Jensen y de sus hijos.
Desde entonces, cada vez que veo a alguno de los Jensen, o corto leña para la chimenea, o me pongo en la boca un trozo de dulce, recuerdo la noche que mi padre me regaló mucho más que un rifle. Me regaló la mejor Navidad de mi vida.
 
Ryan B. Anderson
 

Publicado diciembre 15, 2011 por rosawrosa en Cuentos...

Soledad – Rosa   Leave a comment

 
 
Soledad.
 
 
Mis padres eran extranjeros, llegaron desde un país lejano con su hija, al tiempo llegamos mi hermano y yo, o sea éramos sólo cinco personas. Esa fué mi familia, sin abuelos, tíos, primos. Cuando ocurría algún percance nos ayudábamos entre los vecinos. Éramos solo cinco !!! No sabía lo que era un mimo de una abuela o abuelo, la complicidad de los primos, el apoyo de los tíos. Sin embargo cuando llegaban las fiestas era todo un acontecimiento y con lo poquito que teníamos nos imbuíamos con el espíritu navideño y festivo. Mi madre nos contaba alrededor de nuestro pequeño arbolito de Navidad, las historias de su lejano país, sus costumbres, sus comidas y como festejaban las fiestas, y yo con mis poquitos años me imaginaba un paisaje lleno de nieve, los niños jugando con bolas de nieve, la abuela haciendo galletitas con motivos navideños, los tíos comprando regalitos, y entonces deseé, deseé una mesa llena de gente para las fiestas, con los abuelos, tíos primos, familiares.
Y mi deseo se cumplió !! Con los años fuímos creciendo, teniendo novios, novias y la mesa navideña se fué llenando de gente, aparecieron las familias políticas, los hijos, los primos, y hubo que agrandar la mesa, comprar más sillas, y hubo jolgorio, baile, comidas típicas, y llegaron los hijos.
Pero también los hijos crecieron, tuvieron sus propias familias y se tuvieron que repartir las fiestas, algunos partieron, los amigos ya no están y se tuvo que achicar de nuevo la mesa.
Y entonces aparece la soledad, que no es soledad sino añoranza, extrañamos la mesa llena de gente, el compartir, el conversar.
Y muchas veces no nos damos cuenta que no estamos solos, que la soledad puede ser una buena compañera también. Cuantas veces estamos rodeados de gente y nos sentimos sólos? En las fiestas siempre falta alguien, siempre hay un espacio vacío, y ese espacio vacío no permite que seamos plenamente felices.
Y nos olvidamos lo más importante, que para muchas religiones es el nacimiento de Jesús y fin de año es el cierre de todo un año laboral y personal y es en donde uno hace el balance del año transcurrido, y si creo que es motivo de festejo, pensar que hemos vivido todo un año, con sus alegría, tristezas, decepciones, aciertos, pero el haberlo vivido, es motivo de alegría y agradecimiento por todo lo que la vida nos regala.
En las fiestas siempre contábamos cuantos comensales seríamos, de casualidad en una de las fiestas pusimos un cubierto y una silla de más, y me dije qué por algo será, desde entonces pongo siempre un plato de más, costumbre que tengo desde hace añares, y me digo que en ese lugar, están mis abuelos, mis tíos, mis primos, mis padres, los amigos y familiares que ya no están y sobre todo Jesús, podemos pedir más ?
Pongamos el la mesa un cubierto de más, vistámonos con nuestras mejores ropas, cocinemos algo rico acompañándonos con una bella música y festejemos y agradezcamos que estámos vivos ! La mesa está llena de gente, de alegría, de paz y armonía. No estamos solos !
 
Felices Fiestas !!!
 
Rosa.
 

 

Publicado diciembre 14, 2011 por rosawrosa en Cuentos...