Archivo para septiembre 2009

Cuando florezcan las madreselvas – Amelia Arellano   Leave a comment

 

 

 

Cundo florezcan las madreselvas.
 
La Juana mira la tierra yerma, conjugación de pajas, lagartijas y piedras. La Juana… ¿La Juana qué?… Solo la Juana.
En este lugar las mujeres adquieren identidad y significación por el hombre: La hija de don Braulio, La Negra del Juan, La viuda de Jacinto. La mujer del Lucio. La madre del Tito. La señora de don Alberto.
La mujer “es” en función del hombre.
Las mujeres de estas serranías también le pertenecen a la tierra: La Juana de la loma, la Juana de la Quebrada del cóndor, la Juana del talar.
Pareciera que en estos parajes las mujeres no piensan , no sienten, solo hacen: La Juana que hace tortas, la Juana que cuida cabras, la Juana que vende quesillos, la Juana — que como un hombre — cuchillo en mano peleó con un león.
La Juana… La Juana de nadie, la Juana de los jarillales, la Juana pródiga como la tierra que cuando la fecunda florece en retoños.
Especie de hembras sin macho. Su madre no tuvo hombre, su abuela tampoco. La palabra padre parece haber desaparecido de sus diccionarios.
Todas las mujeres de la familia tuvieron “chancletas” menos ella que lo tuvo al Pedro.
Crecieron desconfiadas hacia los hombres, el político, el bolichero, el patrón, ni en los curas confiaban.
No eran religiosas pero eran mujeres de profunda fe, en la vida, en la naturaleza, en ellas mismas. Rezaban a su modo y tenían sus propias prácticas religiosas: “cortar el granizo” con un cuchillo, con una cruz de sal, exorcizar el “mal de ojo” o la envidia, matar una víbora en semana santa, hacer la señal de la cruz al mate, pedir la bendición, hablar con Dios antes de acostarse.
Con respecto a la salud, tenían la misma concepción: todas las mujeres parían en la casa. Para los problemas de salud acudían a la generosidad de la naturaleza, mastuerzo, para la tos. Gárgaras de llantén para el dolor de garganta. Hierba del venado para los problemas renales. Carqueja y ajenjo para el hígado. Hierbas diversas para la digestión: peperina, poleo, menta, cedrón. Usillo para el corazón. Hierba de pollo para el empacho. Sen para la constipación. Palan-palán para las quemaduras y heridas diversas.
El ajo tenía usos diversos, podía servir para la tensión arterial, para la indigestión, para “el estómago sucio” o para los parásitos.
Curaban el empacho, ya sea con la cinta o tirando el cuerito y luego haciendo en la espalda una cruz con ceniza.
También el buche de avestruz deshidratado se usaba en distintas prácticas medicinales.
Iban pasando estos conocimientos de generación en generación y con la experiencia iban sistematizando nuevas conceptualizaciones: Leche de burra para la tos convulsa, baños de agua de romero para contrarrestar los males. Poner la escoba detrás de la puerta para que se vayan las visitas indeseables, predecir quién vendría a la casa, si se caía un cuchillo vendría un hombre. Si caía una cuchara una mujer.
También predecían el tiempo por el cielo, las nubes. Los animales domésticos, los pájaros, de ese modo tomaban sus recaudos.
También tenían sus propias prácticas de medicina veterinaria: Curar de la mancha, de la sarna, del embichamiento, del mal de las pezuñas.
 
La Juana sorbe los mates en silencio.
¿Para qué hablar sola?
En la noche estrellada, sentada al amparo de un algarrobo añoso, mira la cruz del sur, las siete cabrillas. Las tres marías… y piensa… y recuerda.
¿Recuerda o es su sangre india que surge a borbotones como un oasis y que en el desierto de su soledad, necesita un escape y este escape toma la forma de recuerdos? Viene a su memoria una presencia amada: su abuela. La abuela María, de inconfundibles raíces indias, su larga trenza renegrida que era una delicia ver como se extendía en dos negras cascadas sobre su espalda.
Su cara, que semejaba la tierra recién arada, con huellas profundas, oscuras, perfumadas.
Su regazo tibio en donde ella apoyaba su cabeza confiadamente…y su olor… Ah… su olor, a chilca, a romero a lana de oveja. La imagen de la abuela toma forma y presencia vívida. Le parece verla debajo de la ramada tendiendo los quesillos de cabra.
Sus pasos ágiles y livianos denunciaban sus dotes de bailarina. De cuecas saltaditas, de zambas. Se recuerda a si misma sentadita en el umbral mirando los pies de su abuela que parecían pájaros.
Tiene un difuso recuerdo de su madre muerta, ella tendrá cinco o seis años. Fue allí cuando vino una persona del gobierno aludiendo que era una anciana muy mayor para hacerse cargo de la niña.
“Que la niña necesita un hogar… que no hay agua corriente… que no hay baño…”
La respuesta presta, rotunda y contundente no se hizo esperar.
“Agua hay y más limpia que la de ustedes – y, señalando los gatos que dormían en el fogón – Tampoco ellos tienen baño y son mas limpios que muchos cristianos.”
El vuelo raudo de una estrella fugaz la trae a la realidad y el recuerdo se hace deseo y urgencia
¿Abuela, donde estás? ¡Te quiero ahora aquí, conmigo! ¿Desde esa estrella lo estarás mirando al Pedro? ¿Le habrán entregado los guantes tejidos con lana de oveja?
Dicen que hace mucho frío allá. Que lo llevaron a defender la patria. El maestro del pueblo quiso tramitarle la excepción -hijo único de madre sola- pero el Pedro no quiso.
Aun re suenan en sus oídos el rasgueo de la guitarra y la copla preferida del Pedro:
“Primero la Patria
Primero el honor.
Después de la patria
Guitarra y mujer”
La Patria… La Juana tiene la imagen de la Patria que sale en los libros de lectura del Pedro, una señora, con vestido largo, con un gorro en la cabeza y descalza.
“Se me ocurre que a esa señora no le sería fácil trepar lomas, entre pencas y pajas:”
No entiende muy bien eso de que el Pedro está defendiendo la Patria, debe ser porque es muy burra. Ya lo decía su madrina:
“Esas manos no sirven para escribir sino para hacer tortas”
Cuanta razón tenía la madrina. No pudo pasar de 2º grado.
Recién empezó a escribir cuando lo hizo el Pedro. Para las cuentas si que era buena, nadie la jodía, ni en el boliche, ni con el precio de los cabritos o huevos.
Se decía a si misma “hormiga obrera” y ríe ante el recuerdo ya que el Pedro invariablemente le contestaba:
“Si, por lo negra y chiquita”
El término lo sacó de un diario que servía de envoltura de los jabones y que el Pedro recortó y lo pegó sobre un almanaque viejo que colgaba de la pared. El texto decía:
“En un hormiguero bien organizado, las hormigas reinas son pocas
Y las hormigas obreras muchísimas. Las reinas nacen con alas y
pueden hacer el amor. Las obreras, que no vuelan ni aman,
trabajan para las reinas… Los zánganos…“
 
Y el texto se interrumpía por que faltaba un pedazo de papel.
Ella una sola vez fue reina, pero había nacido para obrera. Pensó en voz alta:
“Tampoco quiero zánganos en la casa.”
“El Pedro si que me salió inteligente”
Sus ojos se iluminan como carbones el si llegó a 7º grado y ¡hasta llevó la bandera!
En lo más recóndito de su corazón sabe que salió a “él” ¿Cómo olvidar esos ojos negros con un fondo de cielo azul?
Con orgullo que da poder, piensa que es la única poseedora del secreto: Ni el mismo sabe que es su padre.
El Pedro nunca peguntó. Nunca la cuestionó.
Se da cuenta que ha anochecido y no ha entregado los cabritos, ni levantado los huevos de las gallinas. Tenía que hacerlo si o si sino los zorros se apropiaban del producto.
Camina con prisa hacia lugares que conoce solo ella: Entre los pajonales, detrás de las casas, debajo de un viejo carro que sirve de gallinero, en el hueco de un viejo horcón, en una caja de cartón, dentro del galpón.
Coloca cuidadosamente los huevos en su delantal, convertido en improvisado cesto y se dirige al rancho. Guarda los huevos en un tarro y regresa al exterior.
La luna alumbra tanto que proyecta sombras a su paso… como fantasmas. Fantasmas lunares que ella conoce y no teme. Sí, en cambio, otros que rondan por su cabeza. Mueve la cabeza como para deshacerse de los pensamientos molestos.
Mira la luna y recuerda su infancia y en ella la luna con la virgen, el niño Jesús y el burrito.
Entrega los cabritos a las madres, estos se reconocen y se buscan mutuamente, un coro de balidos quiebra el silencio de la noche.
La soledad del monte pesa y sin el Pedro mucho más. Es mas hondo el silencio en las quebradas y la casa cruje por el viento sur.
“Solita mi alma”
Sola como los cerros, como el arroyo, o como esa lechuza que siempre está parada en el poste del alambrado.
“Dicen que la lechuzas tren mala suerte”
Ella no lo piensa así, esa lechuza ha pasado a ser parte de su vida, como el monte, el viento, los alambrados.
La detiene el piar desesperado de un pichoncito que ha caído de su nido, lo levanta, lo acaricia y lo coloca en su nido de ramitas secas. Allí se da cuenta que no está sola, que no están solos. Ellos pertenecen al monte pero este también les pertenece.
Además esta toda su gente, por ejemplo ahora que no está el Pedro, las compras en el pueblo se las hacen ellos
La Juana baja solo dos veces al año al pueblo: en la festividad del santo Patrono, el tres de mayo y el “día de ánimas”, el dos de noviembre.
Entra al cuarto que sirve de cocina, toma un tarro que hace las veces de balde y llena otro tarro que está en una hornalla de la cocina “económica” que tiene en la puerta de hierro una inscripción: BEUTIN. En la otra hornalla, una pava ennegrecida con agua hirviendo, cuya tapa tintinea.
Corre una gallina rezagada, dormida en la rústica mesa de madera.
Prepara el mate, saca un pedazo de pan de una caja de madera. Toma unos mates y come el pan. Esa es su cena.
No ha prendido el mechero, el vislumbre del fuego ardiendo le permite moverse con comodidad en el cuarto. Cubre el fuego con ceniza y sale. No cierra la puerta de tablones cruzados ¿Qué podrían robarle a ella?
Cruza un patio de tierra y se encamina a la “pieza” que le sirve de dormitorio y de comedor de recibo.
Una idea le machaca la cabeza ¡No hay caso! No entiende porque el Pedro se fue tan lejos a defender la patria.
Prende una vela, busca con dificultad un ajado diccionario que le regaló una maestra, por fin encuentra:
“Patria: lugar, país, tierra donde se vive”
¿Qué tierra tiene que defender el Pedro si ellos nunca la tuvieron? Siempre ha vivido en esa casa, allí nació su madre, ella y después el Pedro. No hay papeles. Tierras fiscales dice el maestro de la escuelita. Deja el diccionario, mientras se dice moviendo la cabeza:
“Bah, hay tantas cosa que no entiendo”
Se desviste sin prisa, se deja abrazar por la manta tejida por su abuela y reza…Reza como ella sabe hacerlo…Pide por el Pedro. Le pide a la santísima virgen que interceda. Reza en silencio. Con su cuerpo, con su sangre, con su corazón. Todo un rezo la Juana.
Afuera los rayos de luna intentan atravesar los espacios que dejan las tablas de la ventana. No sabe qué hora es cuando se duerme.
Al día siguiente se levanta apenas clarea.
 
Lo primero que hace es traer una vieja radio a pilas y colgarla de una rama del tala.
Se asea en el patio en una vieja palangana de aluminio, el agua helada pone colores en su cara morena. Toma un peine que saca de una cola de caballo, disecada y muy brillante, un peine negro, peina rápidamente su cabello. Se hace una gruesa trenza y con la misma un rodete que sostiene con horquillas.
Entra en la cocina, separa la ceniza, coloca unas ramitas secas y sopla hasta que la llamita se convierte en fogata. Pone el agua para el mate y en otra hornalla una ollita de “fierro “de tres patas en la que coloca trozos de grasa cortada.
Abraza un manojo de leños con sus fuertes brazos y prende el fuego en el horno de barro que está en el patio.
Vuelve y se sienta en un banquito que en realidad es un tronco cortado con tres raíces que hacen de patas. Coloca las brasas en un brasero que es un tarro al que se le ha anexado una parrillita cuadrada. Trae la pava ennegrecida, los implementos del mate y comienza su primera comida del día.
Hay otra mesa en el patio, que en realidad es un tablón sostenido por cuatro horcones. La limpia con cuidado y la seca.
Trae una bolsa con harina y dispone un poco de la misma sobre la mesa, en forma de corona .En el centro coloca la grasa derretida que “chirria” ante el contacto con la salmuera tibia y un trocito de levadura.
La Juana se transforma cuando amasa. Mete sus manos en la harina suave, acaricia la masa hasta que está caliente, dispone de trozos alargados que corta con las manos y en la parte superior le hace dos cruces con un cuchillo mango de madera.
Prueba el horno introduciendo un papel adentro y cuando considera que la temperatura es apta, toma una pala de madera con un largo mango y va disponiendo los panes en el horno. Finalmente tapa la boca con una lata y coloca una piedra grande que la sostiene.
Al Pedro le encanta el olor y el sabor del pan casero. Le parece verlo: con el pan caliente, lo huele y con respeto, como una ceremonia sacra, corta un pedazo con la mano -la abuela decía que no había que cortar el pan con cuchillo- y se lo lleva lentamente a la boca.
No sabe por qué hace pan hoy, cuando el Pedro no está hace torta al rescoldo.
Mientras el pan se dora en el horno y el aire se perfuma con olor a jarilla, se entretiene en sacar las hojas secas de la madreselva caprichosa que pese a sus cuidados no quiere florecer. Desde que murió la abuela no ha florecido y eso que la cuida especialmente y le ha ofrecido las flores a la estampa de la virgen dolorosa.
El balido de las cabras desde el corral la conecta con sus tareas pendientes, piensa que hasta sus cabritas ha abandonado por estar cerca de la radio. Le parece que así está más cerca del Pedro aunque no entienda muy bien el contenido de lo que dicen.
Está confundida la Juana. Confundida, fundida con el silencio…fundida con las voces de la radio. Para colmo el Lucho que pasa tras de una yegua arisca la confunde mas, se dice en voz alta: ¡Que van a pelear con un príncipe…! ¡Jesús! ¡Un príncipe! …Y viene en avión”
Si el Pedro lo único que sabe manejar es su cuchillito del monte, lazos y boleadoras.
Que llegan aviones… mira el cielo y ve revoloteando caranchos…Tengo que ocuparme de los cabritos, piensa, y se dirige al corral.
Adivina algo en la mirada de Hilario que viene desde el otro lado de la sierra.
“¿Será idea de ella o el Hilario da vueltas para bajar del caballo?”
Se baja, y con aire resuelto se dirige hacia ella, antes de que termine de hablar, siente que su sangre se ha enfriado, que sus pies han echado raíces profundas que le impiden moverse: soldados… muertos.…mentiras.
“…Mas mentiras..”
La Juana no llora. Aprendió que en el monte no sirve llorar.
“Debe haber una osamenta”
Y señala los caranchos que revolotean en círculo.
Hilario se dirige a ese lugar y la Juana al rancho. Toma la mano del mortero y pisa con fuerza el maíz para la mazamorra.
“Hay que hachar, sembrar, sacar el pan”
En el huerto rasguña la tierra con sus manos y con grandes puñados tapa la tierra donde ha colocado la semilla.
Y trabaja, trabaja y trabaja.
No para, ni para comer. El anochecer, preludio de un acongojado anuncio de otro día la encuentra al lado del corral, mirando sin ver, escuchando el repiqueteo de la lluvia sin oír. El olor a peperina es tan intenso que impregna su cuerpo, pero la Juana no huele, no aspira, no respira.
Sus alpargatas deshilachadas se manchan con la sangre que mana de la herida de una espina de alpataco clavada en un pie que ella no ha advertido.
Los truenos hacen retumbar los cerros. Los relámpagos delinean nítidamente las formas de la tarde.
Parada al lado del palenque la Juana parece la imagen de la desolación. La lluvia tan esperada, resbala sobre su cara, sabe a sal y a vinagre. Empapa su cuerpo delgado, delinea sus formas, se adhieren a sus pechos pequeños que parecen brevas marchitas.
Pasa el chaparrón y el sol marca una línea curva en el horizonte con los colores del arco iris. El cielo despide un resplandor rojizo
“Mañana será un lindo día”
Quién sabe que fuerza traslada su cuerpo, su materia, al rancho.
No enciende la radio, la baja del tala y la coloca sobre la mesa de la cocina.
Prende el farol lo cuelga de un gancho en la pared de barro y guarda el pan en un gran cajón de madera.
Alimenta los perros, los gatos e intenta entibiarse por dentro con el mate.
Con el farol en la mano, arrastrando los pies que pesan como plomo se dirige a la “pieza”. No apaga el farol.
En el lecho sin desvestirse ni deshacer la cama, mira el techo de jarilla, sin pestañear, no sabe a que hora desciende, piadoso, el sueño.
El canto del gallo la despierta. Saliendo del rancho en la ramada se detiene petrificada:
”¡Ha florecido la madreselva!”
Siente que una esperanza grandota le inunda el pecho.
Cuando aparece en medio del guadal la chata del Turco no sabe qué le pasa a sus ojos. Ve todo nublado. Desdibujan la figura del Pedro levantada en saludo.
Sus pies como trasformados en pájaros vuelan al encuentro. Toda la Juana florece. Su blusa, como por arte de magia se infla y sus pequeños pechos semejan dos higos maduros.
Como fulminada por un rayo llora, ha comprendido que llorar sirve para que florezcan las madreselvas.
 
Amelia Arellano.
 
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Publicado septiembre 30, 2009 por rosawrosa en Cuentos...

Un llanto azul – Poly Bird   Leave a comment

 

 

Un llanto azul.
 
Me he cepillado el pelo hasta dejarlo brillante, me he puesto mi vestido verde, el que te gusta, y he cruzado la plaza para llenarme los ojos con esa luz que se cuela entre las copas de los árboles y deja dos escarabajos de oro en mis pupilas. Porque voy a verte. 
  Porque voy a verte aún sabiendo que es para decirte adiós, para que me digas adiós, para que me aprietes las manos entre las tuyas y me hables del amor que ha crecido entre nosotros, pero no es una enredadera que da campanillas violáceas sino una hiedra oscura, que nunca sabrá de flores. 
  Sé todo lo que va a ocurrir. 
  Rodará un llanto azul por mi mejilla. 
  La nombrarás para sentirte menos culpable. Hablarás de ella, de sus años de fervor y entrega, de las tranquilas paredes de tu casa, sacudidas  por las pequeñas manchas que les  hicieron las manos de tus hijos. hablarás también de ellos: dirás sus nombres con voz trémula, y yo me enterneceré y los acunaré en mi mente, como si me pertenecieran. 
  Es tu " yo pecador" hablarme de eso, después de haber soltado amarras, después de  haber viajado  conmigo entre tus brazos por un mar de ángeles sentenciosos y risas asfixiadas por tus besos y vientos de fuego quemándose en la sencilla y honda ceremonia de la pasión y el estremecimiento. Cuando me confesaste que no eras libre, ya estaba enamorada de ti, ya me querías. 
  Sentí que el universo se vaciaba y me tragaba en sucesivos terremotos; que me hundía buscando donde apoyar los pies. 
  Pero te quiero, dijiste. 
  Y la tierra volvió bajo mis pies, se cerraron las grietas, se soldaron los abismos, todas las cosas volvieron a su lugar. 
  Tan sólo una pátina gris sobre mi vida, sobre mi cuerpo, oscureciéndose, aplastando mis movimientos hasta volverlos lentos gestos de autómata. 
  Pero te quiero.. 
  Me colgué de esas  tres palabras para no morir. Entonces empezó la ansiedad de nuestros encuentros. Empezaste a nombrarla cada vez, a amarla para mí, para que supiera sus colores, sus actos, su forma de pensar. 
  Tan distinta a mí. Tan distante de ti y, sin embargo, teniéndote. Porque tu no sabías, que era ella y no yo quien te tenía. 
  Y yo lo fui sabiendo, sin querer, sin proponerme saber, lo fui sabiendo día a día y fui ocultándotelo con miedo de que lo advirtieras. 
  Mientras no lo supieras me albergarías en un rincón de tu ser y de tu mente, y segurías pensando que yo era tu motor, que yo era la corriente de luz que te impulsaba, tu oasis, tu huerto y engalanado de frutos para el hambre y arroyos para la sed. 
  Egoísta, aferrada, empecinada, recortándote con el filoso cuchillo de la posesión, recortándote de tu estampa familiar en la que ellos te rodeaban, para alargar mi agonía. 
  ¿ En qué momento descubre el árbol que su verdad es la raíz y no el libre ramaje que lo acerca al cielo y lo agita en el aire?… 
  ¿ En qué  momento ibas a darte cuenta de esto?. Unas semanas más y sucedió. 
  Era lo inevitable, lo esperado con miedo, lo presentido, eran los fantasmas corporizándose. 
  Me llamaste con una voz triste, pero segura y firme: 
  Tengo que hablar contigo, por última vez…. 
  Bueno…. 
  Mañana, me dijiste; a las tres de la tarde… 
  Y hoy es mañana. 
  Rodará un llanto azul por mi  mejilla en el momento del adiós. Rodará un llanto azul por tu mejilla en el momento de la verdad. 
  ¿ Porqué entonces este afán de gustarte, este cruzar la plaza para llenarme de luz dando la hora del encuentro, si sé que va a ser el último y nunca más, nunca, nunca más volveré a verte, volveré a estrecharme contra ti?. 
  Voy a morir un poco y me acicalo. 
  Voy al entierro de mi luz y me ilumino. 
  Voy al martirio y sonrío. 
  Endulzo el café, lo siento amargo. 
  Tiemblo, te quiero. 
  Voy a evitarte una tortura. 
  Voy a hacer algo por el amor que me recorre, que me aprieta frente al límite del olvido. 
  Llamo al camarero, pago mi café. 
  Huyo. Huyo de este lugar y del encuentro. 
  Me esperarás en vano. No verás mis ojos mojados. No tendrás que decirme tu discurso de despedida. 
  No responderé tus llamados, si me llamas. 
  Ya ves te facilito tu tarea, evito que te conviertas en mi verdugo. 
  No es un acto de arrojo solamente; es una forma de inventarme la manera de creer que hubiera rodado un llanto azul por tu mejilla en el momento de la despedida. Un llanto azul por mí. 
  Un llanto azul. 
  Porque si voy y estás sereno y duro, si voy y tus ojos permanecen secos, será la muerte verdadera, así…puedo llenar de azul este recuerdo.. 
  De un llanto azul, un llanto azul por mí..
 
Poldy Bird.
 
 
 

Publicado septiembre 30, 2009 por rosawrosa en Cuentos...

Aquella luz – Poldy Bird   Leave a comment

  

 

 

Aquella luz.

Entonces se puso su cabeza en mi regazo, arrodillado ante mí, y yo miré su pelo oscuro y suave, un poco más largo que de costumbre, como siempre que va a hacérselo cortar. Sus largos brazos me estrecharon y todo lo que parecía estar sembrado de espinas desapareció. Acaricié su cabello. El aire era de raso; el color ambarino de la luz transformaba la piel en satín. No había un espejo allí, pero yo registré ese momento como una fotografía color sepia en la que un hombre y una mujer, cansados de ser arrastrados hacia los remolinos del río por la corriente rápida de la ira, los celos, las equivocaciones, los rudos golpes de haber vivido… cortan el elástico de la tensión y, al instante, se sientes libres como dos barquitos navegando armoniosamente. Una fotografía desfallecida, neblinosa y bella. Ese gesto entregado me quebró. Se me escurrieron las palabras, ¿Qué podía decirle? ¿Qué podría reprochar? ¿Qué podía pedir que no estuviera recibiendo ya?. Todos los discursos del universo eran menos elocuentes que el calor de sus brazos aferrándome, o más bien, aferrándose de mí…Acaricié su cabello, sus mejillas hundidas, sus ojeras oscuras. Suavemente.

Él subió su cabeza de mi regazo a mi pecho, y su expresión de dolor se fue mudando a paz. Dijo: "Te quiero, perdóname." Lo dijo muchas veces , muchas veces… Frotó su rostro en mis manos y su llanto las humedeció. Todo quedó lavado con esas lágrimas. Purificado. Claro. Borrados los precipicios. Borradas las esperas con dolor en las tripas. Borrada la incertidumbre. Borrada la rabia. Borrados los detalles, las piedras pesadísimas que hubieran hundido la embarcación. No es que no doliera, sino que su amor fue la anestesia que acallo el dolor. Cómo puede un gesto sencillo y verdadero obrar su milagrosa curación. Cómo una voz que nace de la fuente encantada del amor es capaz de sanar los tules rasgados de la ilusión, las cortaduras del alma… Los actos simples hacen simple al hombre. ¡Y qué difícil es ser un hombre simple! Él puso su cabeza sobre mi regazo, arrodillado ante mí. Entregado. Sincero. Avergonzado. Cansado. Vengo del infierno, musitó. Y yo supe que era cierto. Que solamente el infierno puede borrar el brillo de la mirada y dejar un pozo en cada ojo… ¡Cómo pudo ser que no me haya dado cuenta! ¿Y, qué esperabas, qué creíste, qué buscabas?

No sé… las cosas estaban tan difíciles con vos… me pareció que no me querías más, que yo ya no te importaba. Me volví loco. Tenía que llamarte la atención… pensé que podía manejar la situación y caí en mi propia trampa. ¿Te sirvió? ¡Me horrorizó! No quiero recordar los detalles de esa historia; podría parecer un alarde de imaginación tortuosa, enfermiza. Me basta con saber que nada pudo destruir lo esencial. Que lo sagrado siempre quedó conmigo, y tuvo que regresar para recuperarlo… Acaricié su cabello suave. Besé sus párpados. Sus mejillas mojadas. Nunca estuvimos tan cerca como en ese momento. Nunca nos miramos tan hondo durante tanto tiempo. Tan hondo, tanto, tanto, que vi cuando sus ojos recuperaron aquella luz perdida. Venía del fondo, creciendo como un incendio: llama tibia, fogata, hoguera, sol. Amaneció su vida.

Amaneció mi vida. Y no es que no doliera, ni que no hubiese existido la noche antes de ese amanecer… sino es que el amor… ay, el amor…

Poldy Bird – Argentina 

 

Publicado septiembre 30, 2009 por rosawrosa en Cuentos...

Que el amor sea suficiente – Poldy Bird   Leave a comment

  

 

Que el amor sea suficiente.
 
El ángel está como suspendido en un estante alto de la biblioteca, con su gesto preparado para volar. Ese ángel de madera de guindo hecho por tus manos un tono más pálidas que su color de oro ruboroso. Qué extraño lo nuestro…
 Cada vez que hablábamos parecía que algo profundo nos acercaba, algo con magia y tripas, unos lazos de esos que no se desatan nunca más. Pero no.
 No había lazos. Ni bien nos separábamos, se soltaban los hilos intangibles que nos unían. Servían para unos breves momentos, los del encuentro. La más corta distancia los hacía desaparecer. Y otra vez la espera, otra vez volver a ser dos desconocidos, y la espera, la campanilla del teléfono que no suena, pulsar la tecla del contestador al llegar de la calle… y nunca tu voz con un mensaje…, y la espera, la espera, la espera… hasta reunir fuerzas y llamarte. ¿Qué tal, "extraño", cómo estás? No me pases facturas. Tuve unos líos bárbaros, vos sabes cómo anda todo… ¿Las cosas has cambiado tanto? ¿Ya no es lo más importante el amor, la relación humana, el compartir con otro penas, sueños, problemas, alegrías? Escuchar una vieja canción, leer en voz alta aquel poema de la Vilariñó o la Orozco, usar los ojos como telescopios para encontrar la Cruz del Sur en las noches de agosto… Una vez le abrí la pajarera a Magaldi (así se llamaba el jilguero) y el pequeño pájaro voló. No tuvo miedo. No se detuvo. No miró hacia atrás. ¡Y nosotros, tan fuertes, tan pensantes, tan declamadores de frases maravillosas… no nos atrevemos a traspasar la puerta que está siempre abierta, que nadie cierra…! Vos ahí.
 Yo aquí. No quiero hacer reproches. No quiero oírlos, tampoco. Me parece que tendríamos que hacer las cosas de otro modo. Dejar que el amor sea lo que debe ser: la savia del árbol, las alas del alma, el color del agua, las estrellas en el fondo de los ojos, la locura en el pensamiento, el calor de la piel… Dejar que el amor sea suficiente.
 Que lo demás estorbe, sobre no importe. Con tus manos hiciste un ángel para que me cuidara. Ahí está. Cerca de mí. Ahuyentando oscuridades y demonios con su aura rosada. Al tallarlo y pulirlo pensando en mí, invadiste mi territorio, te metiste en mi mundo reservado y secreto… ¿Cómo vas a salir de aquí? No podrás. Cuando alguien llega donde vos llegaste, ahí se queda para siempre. Te parecerá que podes salir, fantasearás con ello, pero no… una red invisible te ha atrapado, lo quieras o no. Estás en mi realidad virtual, en este espacio de zorzales que cantan al amanecer, cassettes que escucho cuatrocientas veces sin parar, libros que releo, papeles que escribo y no dejo que nadie lea, una alta palmera que veo desde la ventana… Estás. Vestido como yo quiero. Diciendo lo que quiero que digas. Pensando lo que quiero que pienses. Sintiendo lo que quiero que sientas. Porque mi mente está muy entrenada y es capaz de fabricar imágenes y situaciones que son las de la vida, o parecidas a la vida.
 Quizás sea esos lo que a muchos nos mantenga vivos: soñar que vivimos…
 Mientras la vida cree que anda por ahí… Mientras vos creas que andás por ahí. Y no se den cuanta, ni vos ni la vida, que si yo no los invento en mí ¡ustedes no existen! Deja que el amor sea suficiente. Y que no necesites nada más, porque el amor te alcanza.
 
Poldy Bird.

 

Publicado septiembre 30, 2009 por rosawrosa en Cuentos...