Archivo para enero 2007

Una prosa pagana – Ninfa Duarte   Leave a comment

 
 
 
Una prosa pagana…
 
 
 
Una tristeza de paloma herida invoca este cantar…
 
Esta pena que amenaza desbordar,
está llena de virtudes muertas,
dolores que gotean de mis pestañas
y tienen el sello de la soledad…
 
No sé de dónde nació tanta soledad,
ni quién, tiene la culpa de ella,
pero sé que deja a su paso,
seca mi alma de ilusiones vanas,
secos mis ojos de mirar a tientas,
seca la boca de palabras ciegas,
secos mis labios de besos ausentes…
 
Si pudiera arrancarme del alma
esta tristeza de paloma herida,
pintaría el mundo de colores nuevos,
atrapando al tiempo sus dulces sonidos
y a la alondra de blando plumaje
que reclama melodías al viento,
entregaría mi tristeza en do mayor;
para llevar a un lejano territorio
y enterrar el recuerdo muy junto al olvido…
 
Si pudiera arrancarme del alma
esta tristeza de paloma herida,
me sentiría ligera como hoja de otoño
y en mi boca mendiga de amores,
volvería a florecer una oración,
y esta prosa pagana moriría
sin una canción…
 
Ninfa Duarte.
 
 

Publicado enero 25, 2007 por rosawrosa en Poemas.

Ángel del faro.   Leave a comment

 
 
 
 
Angel del Faro.

El faro está afianzado en la roca, no importa dónde se lo construya.
A veces, es reconstruido en otras zonas; cambian el clima y las condiciones, pero él y su guardián, siempre están afianzados en un lugar.
El faro esta allí con un objetivo: hacer brillar la luz.
El propósito de la luz no es siempre el mismo.  A veces es un aviso, otras está para atraer la atención y, sobre todo, para guiar.
Cualquiera sea el propósito, siempre está listo para ayudar.
El guardián sabe algo que los otros no saben.  Sabe dónde están las rocas, dónde está el problema y está allí para guiar a los otros.
Cuando la luz es capaz de ayudar a conducir a los barcos a salvo a la bahía, en el faro se regocijan.  Sin embargo, cuando esto sucede, el guardián del faro no va al barco y hace una fiesta con el capitán.
En vez de eso, el guardián se alegra en silencio y continúa haciendo brillar la luz.
Los capitanes que llegan a puerto a salvo gracias a la luz del faro, nunca conocen al guardián. ¡El guardián del faro no publica una declaración para decirles a los otros que salvó a un barco!
Se queda en silencio y sigue, generalmente a solas, en la roca, dispuesto a colaborar con otros.
Algunas personas pasan por la vida de los demás intentando ayudar, guiar, tender la mano, pero todo se derrumba cuando dejan el faro y suben al barco para festejar. . .
Otras, en cambio, ayudan en silencio, tocan e iluminan las vidas de muchos a su paso, no buscan reconocimientos.  Dan porque sienten algo maravilloso al hacerlo y están en paz cuando han logrado salvar o hacer sentir mejor al otro…  Esas personas son verdaderos faros.
No necesitan figurar, no necesitan ser aplaudidos, no necesitan que los adulen, ni que los hagan sentir importantes…  Siguen firmes en la roca y saben que su luz siempre ayudará a quien lo necesite.

 
Autor desconocido por mí. 

 

Publicado enero 23, 2007 por rosawrosa en Revoltijo...

El lugar del principio – Enrique Molina   Leave a comment

 
 
El lugar del principio

La casa está perdida en un jardín
o un jardín esconde en su garganta el hogar que
vivimos,
lenguaje elemental,
laberinto de piedra,
las ramas de los árboles que abrazan
a ese mundo herido en el costado.
A veces el jardín respira y deja ver
esas paredes que alguna vez fueron de luz.
A veces inventan un mundo sin saber
que no se entra jamás,
que hay que permanecer afuera de la Historia.

La casa está perdida en unos ojos que nunca más
veré.
La casa está perdida en esa misma casa.
La casa es una pérdida constante
en cualquier jardín.

La casa es un jardín perdido
en el lugar de la memoria.
 
Enrique Molina.

Publicado enero 23, 2007 por rosawrosa en Poemas.

Me gusta.   1 comment

 
 
 
Me gusta…
  
Me gusta sentir la brisa de la mañana en mi rostro encendido por los primeros rayos solares. Me gusta escuchar una bella canción y poner todos mis sentidos en ella. Me gusta pensar y sumergirme en mis pesares para encontrar soluciones. Me gusta disfrutar del primer beso que ofrezco a mi amada.
Me gusta sentir el escalofrío del viento helado de las montañas en pleno verano. Me gusta pasear en buena compañía. Me gusta sentir lo que hay a mi alrededor, cerrar los ojos y situar plenamente lo que me rodea, toda la belleza. Me gusta interpretar los pensamientos de antaño con un buen vaso de zumo de melocotón. 
Me gusta cerrar los ojos e imaginar encontrarme en otro lugar, muy lejano, aunque cercano en ese mismo momento. Me gusta amar y ser correspondido. Me gusta que me comprendan y me hagan sentir a gusto. Me
gusta leer un buen libro a la luz de una vela y con una cálida voz que me cante al unísono.
Me gusta tener a mi lado a mi gente aunque no sea siempre. Me gusta que me besen atentamente, dando rienda suelta a la imaginación, fundiéndonos hasta ser uno. Me gustan las caricias sentidas con bellas palabras perdidas. Me gusta imaginarme que un día el amor llamará a mi puerta y me dirá: -Soy tuya- y podré responder: -Eres dueña de mi vida-.
Me gusta esto que estoy haciendo, escribir lo que me viene en la cabeza, sin pensar, sólo escribir. Me gusta tener mis momentos de intimidad para gozar de la más pura soledad. Me gusta hacer el amor apasionadamente y entregarme a ello hasta que los ángeles pidan clemencia.
Me gusta entregar todo mi ser a aquella persona que amo.
Me gusta tener ganas de vivir. Me gusta tener sensaciones que no abarcan este mundo. Me gusta pensar que un día el sentimiento que comparto en
soledad, sucumba a las irrisorias sombras de la oscuridad. 
Me gusta el bien y también el mal.
 Me gusta el primer cigarro después de comer, lo disfruto, lo saboreo. Me gusta la sensación de tenerlo todo pero a la vez no tener nada, porque así comprendo que las pequeñas cosas son las que importan.
Me gusta hablar con la gente. Me gusta escuchar a la gente. Me gusta mirar a la niña de mis sueños a los ojos y traspasar su barrera impenetrable para que se entregue enteramente a mí. 
Me gusta introducirme en la oscuridad de una discoteca y dejar volar mi imaginación en un arrebato de movimientos esporádicos. Me gusta creer
en ti. Me gusta sentirte. Me gusta esta vida, la que me ha tocado, con sus pros y sus contras, porque es la que me corresponde. Me gusta como soy, porque no soy falso e intento ser auténtico.
 
Autor desconocido por mí.

 

Publicado enero 23, 2007 por rosawrosa en Revoltijo...

Romualdo – Mabel Araujo   Leave a comment

 
 
 
Romualdo.
 
Emilia y Genoveva eran dos hermanas cincuentonas, que vivían allá, por el barrio Jacinto Vera.
En un tiempo habían pertenecido a la alta sociedad montevideana, pero ahora, venidas a menos, vivían de una pequeña renta, de unas casas heredadas de sus padres. Y no habiendo conseguido un buen partido para casarse, permanecían "solteronas", como se decía en los años cuarenta. Porque ahora, que una mujer sea soltera no llama la atención a nadie, pero en esa década, era una tragedia. La que llegaba a los veinticinco años y no había pasado por el Registro civil, y por la Santa Iglesia, estaba sometida a toda clase de murmuraciones, de los conocidos y familiares, que ya la condenaban a vestir santos.
Emilia se había puesto su mejor vestido, aquel que usaba cuando iba a misa los domingos, se había maquillado y hasta había ido a los de Teresita, la peluquera.
-¿Vas a salir, Emilia?¿Por qué no me avisaste que hoy empezaba una novena? Así yo también iba.- Dijo Genoveva, viendo a su hermana tan acicalada.
-Es que no voy a ninguna novena, voy a una cita.- Contestó Emilia, muy desenvuelta.
-¿Una cita? ¡Ya sé, te vas a encontrar con Carmencita a tomar el Té!- Indagaba Genoveva.
-No, es una cita con un hombre.- Los ojos de Emilia brillaban de entusiasmo, mientras que los de Genoveva se abrían desmesurados, por el asombro que la noticia le causaba.
-¿Con un hombre? ¡Pero vos estás loca Emilia! Si tu no conocés a ningún hombre. ¿Me estás haciendo una broma, no?-
-De ninguna manera hermanita, sí que conozco, se llama Romualdo y me espera en la puerta de un cine.- Decía Emilia, mientras daba lo últimos retoques a su apariencia.
-¿Dónde lo conociste?- Genoveva no salía de su estupor.
-Bueno, en realidad hoy nos vamos a ver por primera vez. Él envió una carta al programa aquel, que escuchábamos a veces por la radio. Aquel de solos y solas. Bueno, yo le escribí, él me contestó y quedamos en encontrarnos hoy.-
Contaba, Emilia, mientras, casi vaciaba un frasco de perfume sobre su persona.
-¿Y por qué no me contaste nada?- Reprochó Genoveva.
-Por cábala. Tu envidia podría haber arruinado todo.-
Emilia dio un vistazo a su cartera, para ver si faltaba algo.
-Tené cuidado con esas citas a ciegas, nunca resultan bien.- Comentó Genoveva.
-¡Viste, viste, ya sabía yo! Sos un pájaro de mal agüero. Mejor me voy porque se hace tarde.-
Emilia se dirigió hacia la puerta.
-Emilia, por favor cuidate.- Recomendó su hermana mayor.
-Sí, no te preocupes. Hasta llevo condón y todo.- Dijo Emilia fastidiada.
-¡Jesús, María y José! ¿Cómo podés decir esa palabrota? Nunca lo hubiera creído de vos, Emilia.- Genoveva se persignó.
-Condón no es ninguna palabrota, es el apellido del hombre que lo inventó.- Replicó enojada, Emilia.
-¿Y vas a perder tu virginidad? ¡Es un pecado mortal!- La voz temblorosa, por la impresión que ese pensamiento le causaba, hacía que Genoveva quedara perpleja ante la respuesta de su hermana.
-Si se presenta la ocasión. ¿Quién sabe? ¿Para que quiero mi virginidad a los cincuenta y cinco años?-
-¡Santa Bárbara bendita! Si te oyera el Padre Renato.- Se escandalizaba Genoveva.
-¿El Padre Renato? Buena pieza es ese, yo lo vi en la sacristía abrazando a la viuda de Etchamendi.- Dijo, irónica Emilia. 
A lo que Genoveva respondió.
-La estaba consolando, a la pobrecita.-
-¡Sí, sí, consolando! Más bien parecía que quería hacer la parte del muerto.-
-¡No seas sacrílega, Emilia, Dios te va a castigar!- Genoveva se persignó nuevamente.
Emilia llegó al cine. Romualdo había dicho que era alto, delgado, de cabello cano, y que iba a ir vestido con un traje azul. No había nadie con esas características. Emilia esperó y esperó, pero Romualdo no se presentó. Entonces, ella, cruzó la calle y se sentó en un bar. No acostumbraba a hacer esto, porque desde niña le habían enseñado que no era de una señorita decente, entrar a esos lugares.
Desde allí veía la puerta del cine, por las dudas que llegara Romualdo. Estuvo más de una hora sentada ante una taza de té que se fue enfriando, sin que ella la probara.
Pagó y se fue. Pasó por una florería y compró un ramo de rosas rojas. Le pidió al dependiente del local que escribiera en una tarjeta: "Adorable Emilia: Estas rosas rojas representan la pasión que tú despiertas en mí. Tu Romualdo."
-Es que mi jefe me manta hacer cada encarguito.- Comentó Emilia, al muchacho de la florería.
Llegó a su casa, su hermana tejía. Aunque se moría por saber qué había sucedido entre Emilia y Romualdo, no iba a preguntar nada.
-¡Ay, Genoveva!- Suspiró Emilia.- Romualdo es un hombre maravilloso. Tan gentil, tan respetuoso, tan apasionado. Mirá el ramo de rosas rojas que me regaló. Mirá la tarjeta, mirá. ¡Es tan dulce!- Suspiró, nuevamente, Emilia.
Genoveva miró, desdeñosamente las rosas y la tarjeta, y comentó:
-Escoba nueva, siempre barre bien.-
Emilia dijo con ironía a su hermana mayor:
-Y no te preocupes, que todavía soy virgen. Aunque no seré, por mucho tiempo.-
Genoveva se puso roja de rabia.
A partir de ese día, Emilia salía todas las tardes, a sus "citas" con Romualdo, y siempre volvía con algún regalo de él: bombones, flores, cadenitas, collares, pulseras…
-¿Cuándo vas a traer a Romualdo a casa?- Preguntaba Genoveva.
-Cualquier día de estos.- Respondía Emilia.
-Lo invitaremos a cenar.- Proyectaba Genoveva, que quería lucirse ante su futuro cuñado, porque ella era una buena cocinera.
Emilia tenía muchas cartas de amor, de Romualdo. Cuando ella salía, Genoveva las leía una y otra vez. Se hacía la ilusión que estaban escritas para ella. Más de una vez, tomó una de esas cartas, y la escondió debajo de su almohada, para embriagarse con el perfume varonil de Romualdo, que despertaba su sexualidad reprimida durante toda una vida. Soñaba que ese hombre le pertenecía. Hasta una noche, soñó que hacían el amor. ¿Quién escribía aquellas cartas? Emilia pagaba a un tipo que tenía ínfulas de poeta y le venían bien los pesitos que ganaba haciendo cartas de amor. El tenor de sus misivas iba desde el amor más espiritual y platónico, al más ardiente, capaz de poner en ebullición a la más fría de las mujeres.
Genoveva terminó un pullover que estaba tejiendo, se lo dio a Emilia y le dijo:
-Tomá, lleváselo a Romualdo de mi parte, y decile que quiero conocerlo, después de todo, seremos de la familia.-
¡Con cuánto amor había tejido ese suéter! ¡Cuántas veces lo había acariciado y cubierto de besos!
-A Romualdo le va a encantar.- Dijo Emilia, guardando el buzo en su bolso.
Cuando salió a la calle, se lo dio al poeta que le escribía las cartas.
Luego fue a una joyería.
-Perdí mi alianza, y no quiero que mi marido se entere, voy a comprar otra igual. Por favor, grávele la inscripción de Romualdo a Emilia.-
La vendedora de la joyería entregó el anillo a Emilia, y esta lo puso en su dedo de inmediato.
Esa tarde, llegó muy alegre a su casa.
-Dice Romualdo que muchas gracias por el suéter. Genoveva, mirá.- Le mostró el anillo que lucía en su dedo, brillante como el sol.
-Sabés, Romualdo me propuso matrimonio. Nos casaremos dentro de dos meses.-
Genoveva se puso pálida, parecía que su corazón quería detenerse. Hasta Emilia se dio cuenta de ello.
-¿Qué te pasa, Genoveva, no te gusta la noticia? ¿No te ponés contenta por mi felicidad? Ya sé, siempre fuiste una envidiosa.-
Emilia se retiró a su cuarto. No vio las lágrimas que corrían por el ajado rostro de Genoveva. Esta, desquiciada, por ese amor imposible, se dirigió al escritorio que había sido de su padre, buscó una hoja y una lapicera y escribió:
"Mi adorado Romualdo:
No puedo resistir la idea de perderte, sin ti, no quiero la vida. Contigo aprendí lo que es el amor. Aunque nunca te vi, fui mil veces tuya. Pude sentir tus besos en mis labios y tu piel en mi piel.
Tuya por siempre, aún después de la muerte.
Genoveva."

Abrió un cajón del escritorio, sacó un revolver y se descerrajó un tiro en la sien.

 
Mabel Araujo.
 
 

Publicado enero 22, 2007 por rosawrosa en Cuentos...

El silencio…   Leave a comment

 
 
 
 
 

 
    " El silencio es un ruido fuerte,
 quizás el más fuerte de los ruidos "  
 
 
 Autor desconocido por mi.

 

   

Publicado enero 21, 2007 por rosawrosa en Frases.

Cuando te asomes.   Leave a comment

 
 
 
 
 
 
 
Cuando te asomes.
 
Cuando te asomes al amor, tendrás derecho
de platicar con las destrellas de otro modo.
Brillarán todas ellas en tu pecho
y les podrás contar, todo de todo.
Cuando te asomes al amor, todas las flores
descubrirán a tus asombros inocentes
una gama más amplia de colores
y aromas que se antojan diferentes.
 
Autor desconocido por mí.

 

Publicado enero 21, 2007 por rosawrosa en Poemas.