Archivo para diciembre 2006

Cosa peligrosa – Los Nocheros.   Leave a comment

 
 
 
Cosa peligrosa.
 
Me bastará tan solo de tu boca oír te amo,
y desde la distancia al infinito te hallaré
en cada movimiento pendular de un triste otoño,
veré todo el verano resbalar sobre mi piel.
 
Me bastará tan solo que un te quiero de tu boca
se escape cielo adentro hacia una nueva dimensión,
y así aceptar que solo yo comprendo esta locura
y nadie más divulgue lo increíble de este amor.
 
Pero mira qué cosa tan graciosa es mi ilusión,
yo aquí soltando sueños y esperanzas a los vientos,
pero mira qué cosa peligrosa es tu querer,
te juegas al azar y apuestas con mis sentimientos.
 
El río va llevando las caricias de tus manos,
y el aire aquel momento que inventamos la pasión,
no existe fiel testigo que describa con palabras
el beso que provoca mi perdida tentación.
 
Pero mira qué cosa tan graciosa es mi ilusión,
yo aquí soltando sueños y esperanzas a los vientos,
pero mira qué cosa peligrosa es tu querer,
te juegas al azar y apuestas con mis sentimientos.
 
Pero mira qué cosa, qué cosa peligrosa…
Pero mira qué cosa, qué cosa peligrosa…
Pero mira qué cosa, qué cosa peligrosa..
 
Los Nocheros.
 

Publicado diciembre 31, 2006 por rosawrosa en letra de canciones

No hay vientos… – Séneca.   Leave a comment

 
 
 
 
¨ No hay viento favorable
para el que no sabe donde va ¨.
 
Séneca.
 

Publicado diciembre 31, 2006 por rosawrosa en Frases.

Lento, pero posible – Adrian Raíces.   1 comment

 
 
 
 
Lento, pero posible.
 
“Lento, pero posible”, pensó. Y fue como si pensara por primera vez. La frase parecía estallar desde el fondo de su cráneo.
Afuera, a verdeoliva iban tornando los golpazos.
Mara no sabía decir lo que pensaba. Ni sabía que pensamos con palabras, porque ella pensaba con imágenes nomás. Pensaba como fotos: cerros, mamá muerta, chañar, tren, aborto, polvareda, esa casa de lata en la que andaba ahora rebotando a manotazos y un parto, otro parto y otro. Todo como fotos revueltas. Si alguien le hubiera preguntado por un recuerdo feliz, ella habría respondido con imágenes: El día que le trajeron al Jonathan en el hospital y se lo pusieron sobre el pecho, la mañana en que llevó a Sabri de blanco y moños al colegio, la noche que Ramón le puso la mano entre las piernas…
Pero ahora las fotos estaban como ajadas.
Mara no sabía en qué momento todo había empezado a volverse así de triste. Si había sido por lo del trabajo de Ramón, que se quedó tan en la calle de repente. O cuando la sudestada se llevó la casilla y hubo que sacarla del río. O si fue después de serpear desbaratada con un hijo hervido en fiebre entre los pasillos del barrio por donde la ambulancia no entra. O cuando el primer empujón, el día ese en que el vino le envenenó el carácter a su hombre para siempre.
Mara no sabía si era suya la culpa. Algunas veces pensaba que sí. Que era ella la que contagiaba todo de tristeza. Porque había nacido con la amargura puesta y no había manera de quitársela. Y hasta soñaba con un montón de hilos que le enredaban el cuerpo y una mano gigante que le tapaba la cara. Entonces quería avisar pero no podía porque se olvidaba todas las palabras y tenía que gritar con señas. Un día se lo dijo a su vecina: “Rosa, me estoy volviendo invisible y muda.” Ahí, Rosa le vio que tenía los ojos como si se los hubieran picado bichos y también vio las marcas en la cara y el arañón del cuello. Y como ella tampoco sabía decir lo que pensaba, pateó el piso del patio y la sentó en una silla mientras buscaba las palabras. “Tenemos que conseguir que escuchen lo que no sabemos decir, Mara”, encontró por fin.
Mara no sabía que las palabras eran tantas. Cada vez que sus hijos le mostraban los cuadernos, ella seguía los dibujos de las letras con los dedos acordándose de todas las veces que había faltado a la escuela por quedarse barriendo el rancho, limpiando las ollas, corriendo las cabras, amasando tortillas. “¿Serían menos las palabras cuando yo era chica”, se preguntaba. “¿Serían menos en mi pueblo?” Porque ella sabía escribir tan pocas! Su nombre, apenas y tan torcido que le daba vergüenza y algunas palabras más que nunca le habían servido para nada: pato, martes, mango, barca… “¿Cómo se escribirá lo que yo pienso?”, se preguntaba. “¿Cómo será poner en una hoja que el frío es blanco y muerde? ¿Se puede escribir el olor de la ropa que acabo de lavar? ¿Con qué letra va el ruido de los pies en el barro y el soplido de Ramón que sube y baja mientras duerme?”. “¿Cómo escribo el tren que me trajo hasta esta vida?”.
Mara no sabía que había otras como ella que andaban buscando lo justo. Un día escuchó a una comadre que vino desde Bolivia a hablarles de un Movimiento de Mujeres. Que se juntaban con otros grupos para hacerse escuchar y se encontraban en un bar llamado Virgen de los deseos. Y decía las palabras “exclusión” y “dominio” y “violencia”. Y Mara no entendió demasiado pero se quedó mucho rato pensando que nunca había pensado el deseo.
Mara supo que por ahí andaba la cosa. Lo veía bien clarito en los ojos de las otras. Si no lograban romper ese silencio que les venía del fondo de los siglos, estarían invisibles para siempre. La noche anterior, Ramón había vuelto a la casa más áspero que nunca y le había puesto la cara como bolsa. Porque sí o de puro desamparo. Por algo que ni él sabía y ella tenía que aguantar. En ese momento, Mara pensó un cuchillo que estaba arriba de la mesa y se sintió condenada.
Cuando llegó al Comedor donde una maestra muy joven enseñaba a escribir tres veces por semana, en seguida le dieron una hoja, y le dieron un lápiz, y la pusieron a hacer unos dibujos que terminaban en letras. La cara le dolía ahí donde se le había juntado la sangre en un charquito negro verde. Pero cuando se puso en la boca el gusto de la madera del lápiz, le pareció que dolía menos. A poco pidió que le enseñaran las palabras que más ganas tenía de decir: mujer, abrazo, hijos, compañero, ayudar, abuso, rabia. Y la más difícil de todas: deseo.
Mientras dibujaba una letra tras otra, sudando ríos y desenredándose los dedos, “Lento, pero posible”, pensó. Y fue como si pensara por primera vez.
 
 
Adriana Raíces.
Buenos Aires, Argentina.
 

 

Publicado diciembre 31, 2006 por rosawrosa en Cuentos...

Mi alma vagabunda – Ninfa Duarte.   Leave a comment

 
 
 
Mi alma vagabunda…
 
 
Envuelta en la pálida vestidura del silencio
vaga mi alma solitaria, por la playa desierta;
sopla la vida desde la orilla remota
en las horas secretas de mis pensares profundos
y el crepúsculo abierto al misterio va cayendo
sobre mi caprichoso destino andariego…
 
Ni es aciago destino, ni amargo camino,
es un concierto de soledad y silencio,
sobre mi alma desteñida de esperanzas,
asombro y llanto merodean mi destino
como plañideras del desierto…
 
Gota a gota horadaste mi noble alma
hasta encontrar la raíz de este amor;
me hallaste meditando atardeceres vacíos
y despertando alboradas huérfanas
a un lustro de tu tibia alcoba…
 
Un asombro dilatado observé en tus pupilas
por el acaso que creció en tu alma,
por la oquedad que hallaste en la mía.
Y en respuesta al destino absurdo,
desandaste pasos por la arena de tus playas
en busca de respuestas a tus dudas…
 
Vaga mi alma solitaria, desnuda de quereres…
 
Ninfa Duarte.
 

Publicado diciembre 31, 2006 por rosawrosa en Poemas.

La criatura – Patricia Suárez.   1 comment

 
 
La criatura.
 
Fue en la época en que teníamos todos aquellos problemas y tratábamos de arreglarlos. Estábamos tirados en la cama, a medianoche, desnudos y con los ojos como platos mirando el cielo raso, el calor era intolerable, y estábamos bocarriba en la cama con los ojos tan abiertos, las sábanas hechas un lío, podríamos haber hecho el amor, pero ya no lo hacíamos por aquella época, con todos nuestros problemas, y el gato maullaba con furia para entrar en la pieza, y porque el calor era intolerable.
Entonces oímos la música.
-Ernesto, ¿la oís?- le pregunté. Él murmuró:
-Es un disco.
-Es una polca – dije yo, y aguardé en silencio que la polca corrompiera con su énfasis el calor de la noche y la sombra de los edificios, y socavara todos y cada uno de los cimientos. -No es un disco- aseguré, -No, no es un disco-. Había imperfecciones en la interpretación de esa música, se notaba en el aire: había impurezas. Mi marido se levantó al punto, y fue hacia el balcón. No hizo el menor gesto por cubrirse, y se acercó al balcón, blanco y desnudo, como un cachorro o un niño. En ese instante pensé que él era un hombre hermoso. Sonaron los aplausos en la casa vecina, gritaban "Bravo, Laura". Prácticamente podía ver a Laura, tiesa, al borde de las lágrimas, agradeciendo a la parentela sus aplausos. Nunca antes habíamos visto a Laura, pero podíamos verla, prácticamente, en el momento en que sonaron los aplausos.
-No era un disco- dije. Mi marido se volvió a mirarme, desnudo y blanco, con apenas dos lunares que yo conocía muy bien, en un hombro y en la nalga. El de la nalga era un antojo que su madre había tenido durante el embarazo. Higos, había deseado. Se quedó mirándome como si nunca me hubiera visto, como si nunca me hubiera visto bien, tal vez porque teníamos todos aquellos problemas. Estaba blanco y desnudo, ornado con sus lunares, tan completo en sí, exhalaba una sensación de completud tal, que no fue difícil imaginar por qué ya no me amaba. De pronto, dejó de mirarme, y volvió al balcón, así de desnudo y largo como estaba. Dió dos pasos hacia el balcón, él se movía de una manera que me daban ganas de reir y de llorar a la vez de sólo verlo: hubiera querido pasar toda mi vida con él. Me vino a la mente una frase que había leído mucho tiempo atrás, y que creo que era de Shakespeare. La frase decía: "Cuando era joven y amaba, y amaba, todo muy dulce me parecía…". Después empezó a repicar dentro mío, me sacudía, yo no sé por qué tenía que enredarse en mí de esa manera, pero una y otra vez, durante esa noche, yo oí dentro de mi mente: "Cuando era joven y amaba, y amaba, todo muy dulce me parecía…"
-Es una criatura- dijo cuando estuvo en el balcón. -Y está llorando.
-¿Llorando?
-Sí- contestó mi marido, y salió al balcón, desnudo, a observar a la criatura que pocos segundos antes tocaba una polca y ahora lloraba solitaria en un balcón.
-¿Por qué?- pregunté -¿Por qué está llorando?
-Ay, Irene- suspiró mi marido con un suspiro. Yo conocía esa clase de suspiro de mi marido, los había bebido, dulces, venenosos y salobres desde el día en que nos casamos y él suspiró el mismo suspiro en el "Sí" delante de un cura y de la estatua de la Virgen de los ángeles.
Vino luego y volvió a tenderse a mi lado, y nos quedamos otra vez en medio de la oscuridad y del calor, mirando el cielo raso con los ojos como platos. Aún en medio de la oscuridad, sus valijas relumbraban igual que caparazones de insectos gigantescos.
El gato arañó la puerta.
-No va a tocar otra vez- dijo mi marido.
-¿Quién?
-La criatura. Vas a ver.
-¿Por qué?
-Ya vas a ver.
Nos quedamos tensos, expectantes del llanto o de la música de la criatura, en el medio del calor, y la tirantez de nuestros nervios nos hacía sudar. La piel de él era perfecta y deslumbrante aquella noche, lo recuerdo claramente. Era el tipo de piel que todos los de su familia tenían, española. Yo habría querido estirar mi mano y plantarla en el asa de su ancha cadera y el calor me lo impedía. Tampoco él hubiera permitido que lo tocara, su cuerpo entero era para mí un principado de ira. Me había llamado con otro nombre cierta vez. Cecilia. Nunca le pregunté quién era ella. Pero su cuerpo era para mí un principado de ira, y mi cuerpo era para él más hueco que una campana.
Me mordí los labios. Él se sentó, en la oscuridad, destrozando la oscuridad con la fina silueta de su espalda blanca. Él tenía una figura, y se movía de una manera, que podía hacerme llorar. Cuando él no estaba, el aire me sobraba y quemaba a mi alrededor. Tanteó la perilla del velador. Los cuarenta watts de la luz vacilaron y eligieron luego la oscuridad.
-¿Qué pasa?- preguntó.
-Es el enchufe – dije. Él gruñó.
-¿La ves?- preguntó.
-No- respondí.
-Fijate.
Me corrí un poco hacia la derecha, pero yo no quería verla. No tenía interés en ver a la criatura llorando. Era un punto que vibraba al otro lado de la calle, en su balcón, un escarabajo o un grillo.
Mi marido fue hacia nuestro balcón, blanco y desnudo y liso, a excepción por sus dos lunares y la marca de la BCG en el brazo izquierdo. Estuvo un rato fuera, apoyado en la baranda, entre la fragancia indecorosa del jazmín de china que nos había regalado su madre. Estuvo mirando a la criatura, y ella, probablemente lo contemplara a él, los ojos en sus ojos pardos, o en la perfecta y cansina desnudez de él, el arco de sus clavículas o el sexo a medias oculto por la corrupta languidez del jazmín de china. Mi marido era un hombre hermoso. Yo lo conocía desde el corazón al pubis, y así me conocía él a mí.
Hubo un tiempo, muy anterior a nuestros problemas, en que dormíamos abrazados cada noche. Y cuando él no estaba me faltaba el sueño. Estaba perdida cuando él no estaba.
Bastaba verlo desnudo esa noche para que me diera cuenta cuán feliz estaba él consigo mismo, su mundo, el sol, los planetas eran su ombligo. Pero yo era una pelusa a merced del viento. Me sentía igual que una pelusa en el vaivén del viento.
En cambio, él era el mismísmo viento. El viento en persona.
-¿Qué estás haciendo, Laura?- preguntó una voz.
-Nada- contestó la criatura.
Entonces, lo llamé.
-Ernesto.
Mi marido vino a la cama, se acostó. Eran más de las cuatro cuando nos dormimos. Al otro día me desperté, y él ya se había llevado las valijas y se había ido. Me levanté a prepararme un café, y encontré al gato esperándome muy tieso a que le sirviera su alimento de sabor a atún. Le puse su alimento en silencio, y preparé mi café. Hasta hoy no he vuelto a ver a mi marido.
 
Patricia Suárez.

Publicado diciembre 30, 2006 por rosawrosa en Cuentos...

Feliz 2007 !!!   2 comments

 
 
 
Feliz 2007 !!!
 
Nuevo año…nuevos proyectos,
ilusiones,planes y…
 sobre todo nuevas esperanzas.
Te deseo para el 2007 mucha luz sin sombras
y solo momentos de felicidad.
Disfruta de las pequeñas cosas que la vida te regala
y recuerda que la felicidad no se va…
sólo hay que abrir las puertas del alma para recibirla.
 
 
Rosa.
 

Publicado diciembre 30, 2006 por rosawrosa en Revoltijo...

Hay cosas bonitas en la vida – Leticia Thompson.   5 comments

 
 
 
Hay cosas bonitas en la vida.
 
Bonitas son las cosas que vienen del interior, las palabras simples, sinceras y significativas.
 Bonita es la sonrisa que viene de dentro, el brillo de los ojos …
 Bonito es el día de sol después de la noche lluviosa o las noches de luna en verano cuando todos salen de casa.
 Bonito es buscar estrellas en el cielo y regalárselas al amigo, amiga, enamorado …
 Bonito es hallar la poesía del viento, de las flores y de los niños.
 Bonito es llorar cuando se tienen ganas y dejar que las lágrimas resbalen sin verguenza y sin miedo de la crítica.
 Bonito es disfrutar de la vida y vivir del sueño.
 Bonito es ser realista sin ser cruel, es creer en la belleza de todas las cosas.
 Bonito es que uno siga siendo uno en cualquier situación.
 Bonito es que tú seas tú.
 

Letícia Thompson.
 

Publicado diciembre 29, 2006 por rosawrosa en Revoltijo...

La niña Margarita y el mulato Ambrosio – Andrés Rivero.   Leave a comment

 
 
 
 
La Niña Margarita y el Mulato Ambrosio

 La Niña Margarita era la solterona de mi barrio, allá en La Habana de 1950. Tendría unos treinta y cinco años de edad, era blanca como el coco, feíta, de senos abundantes y vivía en un segundo piso de apartamento con su padre, un viejo cascarrabias, viudo, profesor de biología, que le tenía prohibido bajar a la calle, en venganza –al decir de las viejas arpías– a la madre adúltera con el bodeguero local.
Ambrosio era un mulato jóven, alto y flaco, tipo chulo, que le fajaba a cualquier hembra del barrio y, como era lógico, vio en la reclusa un reto, una presa vulnerable y le empezó a hacer posta frente al balcón en el que la Niña pasaba la mayor parte del día antes  que su padre regresara del Instituto de Segunda Enseñanza en donde enseñaba.
De lo que yo –tal vez sin quererlo, pero dadas mis vagabunderías extracurriculares por el barrio y mi imaginación caleidoscópica de catorce años— me convertí en partícipe. ¿Cómo era posible –me preguntaba intrigado– que un hombre estuviera horas enteras de pie, con el cuello hacia arriba, guiñando los ojos y tirando besos furtivos a una cautiva, víctima de un ogro despiadado? ¿Qué atracción tan irresistible, tan fatal, podría tener el amor?
Pero mi curiosidad se vio prontamente recompensada cuando una tarde, observando desde una posición de ventajosa privacidad, vi a Ambrosio bajar la escalera del apartamento de Margarita abrochándose la portañuela del pantalón. Y me imaginé aterrado que hubiera pasado si en ese momento el profesor llegaba a la casa y los sorprendía en abraque pasional. Y por primera vez pensé que quizás el viejo tuviera razón en ser tan estricto con la hija libertina.
Pasaron semanas en aparente rutina de enamorados a escondidas y se me convirtió en algo natural ver al Mulato bajar las escaleras del edificio despeinado, jadeando, con la camisa media abierta. La Niña fue tomando aspecto de mujer satisfecha y el viejo empezó a regresar del trabajo a diferentes horas del día que no coincidían precisamente con aquéllas en que se terminaban las clases o se hacía una pausa para almorzar.
El barrio entero, por supuesto, comentaba todo con placer morboso y se daba respuestas a sus mismas preguntas: que si Ambrosio se había enamorado de verdad esta vez; que si debían casarse; que si el viejo lo sabía pero pretendía ignorarlo; que si cedería al final y muchas otras interrogantes propias de gente que tenía muy pocas cosas en que entretenerse fuera de meterse en la vida de los demás. Y ello, en verdad, no hubiera pasado de chisme de aldea si a la Niña Margarita no le hubieran empezado a engordar los cachetes, los labios y el vientre.
Casi llegando la Nochebuena de aquel año la Niña y el Mulato desaparecieron sin dejar huella alguna. Aquel Día de Navidad yo vi al viejo profesor pasar a mi lado llorando.
Ya para Año Nuevo las especulaciones del barrio iban desde el pacto suicida hasta el casamiento secreto y la ida para el extranjero, lo que dio abundante tema de conversación y de susurro sibilino a mucha vieja beata y a mucho falso santurrón que no se les compadecía el corazón viendo al profesor recorrer las calles del barrio como alma en pena, como cargando sobre si todo el sufrir del mundo.
Cuando empecé a tomar biología en el Instituto, por primera vez en mi vida me acerqué al profesor y pude hablarle sin miedo. Algunas veces, inclusive, me le ofrecí para llevarle los libros de regreso al barrio. Estaba vencido; hablaba poco y por lo regular sólo de su asignatura. Sin embargo, con el tiempo comenzó a ser más locuaz conmigo y alguna que otra vez trató de hacerme llegar algún mensaje de experiencia:
“No dejes, muchacho –un día me dijo con solemnidad– que los sentimientos te ofusquen la razón. Hay que saber dominar las emociones, mantener ecuanimidad ante situaciones adversas de la vida. Nada cura el dolor del alma. Hay que tener resignación, hay que evitar errores que después se lamenten por siempre. Mucha paciencia es la máxima suprema, todo pasa, todo termina…”
Los mensajes del profesor –que aunque incoherentes me sonaban a lamento– me lo fueron haciendo más de carne y hueso, más real. Y tal vez por ello un día, sin formalismo alguno, le pregunté por la hija ausente.
Jamás olvidaré que me miró profundamente, como escudriñándome las entrañas, balbuceó dos o tres palabras que no entendí, empezó a temblar violentamente y me pidió que me marchara. Nunca más me dejó llevarle los libros. Más nunca pude hablarle de nada.
 Un domingo, algo después, le dio un ataque al corazón del que no se recuperó. Como no tenía familiares lo velamos unos pocos conocidos. Lo enterraron en fosa común.
Han pasado muchos años y han pasado muchas cosas desde aquéllo, pero aún tengo grabado vívidamente en la memoria el titular que apareció en el Diario a la semana siguiente de la muerte del profesor: “Macabro hallazgo en apartamento.”
Todavía puedo ver claramente a las viejas arpías del barrio, con los ojos en blanco, desmayarse en alaridos cuando bajaban del edificio el baúl escachado que ocultó por mucho tiempo los cadáveres de los dos amantes.

 Andrés Rivero.

 

Publicado diciembre 27, 2006 por rosawrosa en Cuentos...

El espejito.   Leave a comment

 
 
 
El espejito.      
 
Un español va por la calle y se encuentra un espejito de cartera, lo levanta, se mira y dice:
– ¡Coño, a este hijoerdiablo lo conozco yo!
Y se lo guarda en el bolsillo del pantalón… De regreso a su casa, vuelve a mirarse al espejo y repite:
– ¡carajo, que a este hijoerdiablo lo conozco yo!
Al entrar en casa, guarda el espejo en el bolsillo de su pantalón y se sienta en la mesa del comedor. Mientras la mujer juanamaria le sirve la comida, el hombre vuelve a mirarse en el espejo y repite:
– ¡Nojoda, yo a este gran carajo lo conozco!
Cuando Juanamaria se da cuenta, le pregunta:
– Oye, Manuel ¿Qué tienes en la mano?
– Nada importante nojoda.
Y se guarda el espejo en el bolsillo del pantalón. Terminada la cena, el individuo se va a dormir, dejando el pantalón sobre una silla. Se mete en la cama y, al cabo de un rato, exclama de repente:
– ¡Ya sé, lo conozco de la peluquería!
Por su parte, Juanamaria, intrigada, una vez dormido su esposo se acerca a la silla y retira el espejo del pantalón. Se mira al mismo y dice:
¡Lo sabía, una foto de mujer! ¡Y vaya la cara de puta que tiene esta coño de su madre!
 

Publicado diciembre 27, 2006 por rosawrosa en Un poco de humor...

Desgranando fantasías – Ninfa Duarte.   Leave a comment

 
 
 Desgranando fantasías…
 
 
Desgranando fantasías me paso la vida,
devanando misterios van mis cantares,
y mis pasos andariegos se revelan de cansancio,
sin encontrar el camino anhelado;
siempre cardos y espinillos,
siempre vacíos y silencios,
siempre esperas y ansiedades…
 
Un deslinde de posturas encontradas
donde la esperanza pierde su rumbo
y quedan mis manos vacías esperando…
 
Ya no vuelven aquellos atardeceres
en que mi alma loca de quereres
sumergía sus versos en tu fuente.
 
Ni los momentos robados a la luna,
viviendo en medio del destino
vorágine de pasiones encontradas…
 
…Hoy sólo vivo desgranando fantasías…
 
Ninfa Duarte.
 

Publicado diciembre 25, 2006 por rosawrosa en Poemas.