El casamiento – Margarita Maine.   Leave a comment

 
 
 
El casamiento.  
La novia.
Cuando Flora vio que su madre preparaba los bártulos empezó a sospechar:
– A dónde vamos?- preguntó
– A ver a la familia de tu primo, pero tú te quedas. Flora se quedó callada. Apenas cumplió los trece supo que su padre la casaría enseguida. Desde pequeña en cada encuentro familiar; se decía que su primo era el pretendiente elegido y nadie le pediría opinión. Eso era lo malo de ser gitana. Las cosas no eran así entre otras gentes. Cada uno se casaba con quien quería y cuando le diera la gana.
Flora no quería un marido. Una noche durante la cena,había intentado hablar de ese tema.
– Qué pasa si una gitana se casa con alguien que no lo es?
Su padre se levantó de la mesa furioso, hablando en calé.
De allí en más calló su preocupación. También podía suceder que se enamorara de un gitano. Pero de algo estaba segura Flora.No quería que sea su primo. Le habían dicho que se cría demasiado bonito.
Finalmente, una mañana, los padres de Flora se fueron. Tardaron tres días en regresar y cuando lo hicieron, en la mesa familiar le comunicaron la buena nueva. El primero de diciembre se haría la fiesta.
– Pero…- llegó a decir y su padre la echo de la mesa. Sin peros era la cosa, nadie le preguntaba a ella si quería o no.
Los preparativos llevaron mucho tiempo. Ropas multicolores,comidas tradicionales e invitación a los numerosos parientes, hacían creer que lo que iba a ocurrir era una fiesta. Una fiesta para todos menos para Flora, que no se animaba a decir nada delante de sus padres pero que, frente a su cuñada, lloraba su bronca y repetía que no iba a casarse.
Buscó aliados entre sus hermanos, entre sus tías, pero nadie quería darle la razón. Cuando faltaba un día para la llegada de los parientes, Flora fue hasta el pueblo y se sentó frente a la comisaría. Allí estaban los únicos que alguna vez habían hecho entrar en razones a su padre. Se acordaba de que,cuando llegaron al pueblo y se instalaron en un terreno frente a la plaza con sus carpas y colchones, el comisario les hizo entender que eso no era un camping y que sí querían vivir en el pueblo debían hacerlo en una casa. Su padre había insultado y rezongado pero tanto molestó el comisario que finalmente los hombres decidieron comprar una casa vieja y vivir allí. El comisario también había obligado al padre a mandar a sus hijos a la escuela del pueblo.
Entonces Flora se sentó frente a la comisaría a llorar su pena.Al rato salió un policía muy joven a preguntarle qué le pasaba y ella le contó entre sollozos el motivo.
– Eso es ilegal- le dijo el hombre-,con trece años nadie puede obligarte a casar y menos con alguien que no querés.
con esas palabras retumbando en los oídos pasó la noche sin llorar dispuesta a defenderse.
por la mañana la despertaron los gritos. En camionetas brillantes la familia del primo había llegado y entre abrazos y risas festejaban lo que iba a ocurrir. Flora se vistió con la ropa especialmente preparada por su madre para esta ocasión y salió entre el gentío recibiendo felicitaciones con una falsa sonrisa. Al novio no llegó a verlo porque, en cuanto pudo, escapó corriendo con todas sus ganas rumbo a la comisaría. Y esta vez no se quedó en la puerta.
El comisario escuchó descreído la historia y fue hasta la casa de los gitanos.
– Si no quiere, no se casa- dijo el padre, y todos sabían que no era cierto.
– Vamos a buscarla. Aquí no habrá casamiento ni nada- dijo la madre.
Así terminaron todos en la comisaría, tratando de convencer a Flora para que volviera con su gente. El comisario descubrió la mentira en los gestos furiosos del padre y decidió que la muchacha durmiera esa noche bajo la protección policial para que hablar con el juez al día siguiente.
Con el juez en el medio, los padres entendieron a medias que ella tenía derecho a elegir marido y que aún era muy pequeña para casarse.
Flora volvió a su casa asustada, temiendo que lejos del juzgado la forzaran al matrimonio. Pero como siempre, aunque su padre estaba enojado, también estaba dispuesto a cumplir con lo que el juez le había ordenado.
 
El novio.
Ya en casa, Flora se quedó en la puerta. Estaba sentada en el suelo, todavía con su vestido multicolor. Tenía los ojos llenos de lágrimas y no veía más allá de sus pestañas.
– Toma este pañuelo- le dijo un muchacho con acento calé y voz desconocida- y no llores más, que si no quieres casarte conmigo, yo tampoco quiero casarme contigo.
Ella levantó la vista y secándose los ojos vio a su primo. Estaba muy diferente de cómo lo recordaba. Tenía el pelo más largo y brillante y un gesto dulce en la cara.
– Que no soy tan feo como para que estés llorando así – le dijo él en tono de broma, y Flora no pudo sino sonreír.
 
Margarita Maine.
 
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Publicado octubre 26, 2005 por rosawrosa en Cuentos...

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