Manos hambrientas – Diez meses de luto en la Tierra – Andrés Garibello y Héctor Cañón   Leave a comment

      

     Diez meses de luto en la Tierra
 
Recorrido por la desolación sembrada por huracanes, tifones, terremotos e incendios desde diciembre del 2004 hasta hoy.
 
El nuevo año traía a la muerte consigo como un tenebroso as bajo su manto negro. El 26 de diciembre, el océano Índico despedía al 2004 con gigantescas olas, de más de 10 metros de altura, que invadían las playas en intervalos de 5 a 40 minutos. Días después, el mundo se enteraba de la tragedia que enlutaba a India, Tailandia, Sri Lanka y otras ocho naciones con vista a los 4.500 kilómetros de aguas que se agitaron como consecuencia del ajuste entre las placas tectónicas australiana y eurasiática. En Europa, se encendían miles de velas como homenaje a las hileras de cuerpos que, en la zona del desastre, ardían en una carrera desesperada contra epidemias e infecciones.
La historia de la mujer que debió escoger de cuál de sus dos hijos desprenderse, ante la tenacidad de la corriente, le daba la vuelta al mundo. El drama del padre de la chilena Francisca Cooper encontrando su cadáver bajo el agua impactaba tanto como los tiroteos que protagonizaban las guerrillas de Indonesia entre los escombros de Aceh.
En las aguas, que regresaban a la calma después de acabar con casi 300.000 vidas, flotaban autos, cuerpos hinchados, objetos que habían perdido para siempre a sus dueños. Más de 5’000.000 de personas se habían quedado sin casa y organizaciones de delincuentes se aprestaban a reclutar niños para satisfacer la depravación de pedófilos o engrosar las filas de los ejércitos rebeldes de la región.
Sumatra fue el epicentro. Siete horas después de nacer, el tsunami llegaba a las lejanas costas de Somalia sin que nadie les hubiera avisado a los africanos lo que se les venía encima. La furia de la naturaleza ponía contra la pared al progreso tecnológico. Desde 1964, los océanos no se agitaban de tal forma. Alaska, tras un terremoto de 9,2 en la escala de Richter, había sido el último escenario en el que el hombre enfrentó una cita a ciegas con la furia marina.
Mientras tanto, 9.000.000 de africanos seguían padeciendo el hambre ocasionada por una larga sequía de tres años, en la región occidental del continente. Arde la península Las aguas bajaron y la tierra se secó. Los sobrevivientes empezaron a reconstruir sus vidas con el dolor como cimiento y la falta de recursos como motor.
Ocho meses después, la península ibérican ardía sin que miles de bomberos pudieran detener las llamas que arrasaban 220.000 hectáreas de bosques en Portugal y España.
Un almanaque de agosto desgajaba sus días hacia el fuego voraz. Miles de familias intentaban salvar sus pertenencias a cubetazos. Once bomberos españoles sacrificaban sus vidas intentando salvar las de otros. La responsabilidad recaía sobre la más fuerte sequía de los últimos sesenta años en la península. Sin embargo, el recuerdo de los ‘pirómanos’ que incendiaron bosques para intentar derribar las leyes que protegían varias reservas forestales de la urbanización estaba demasiado fresco como para no convertirse en rumor. Al igual que en los países implicados en el tsunami y los incendios forestales, las autoridades de Estados Unidos se vieron sorprendidas por los embates de la naturaleza. ‘Katrina’ (como se le dice a la muerte en México) fue el huracán que el 29 de agosto devastó a Nueva Orleáns, cuna del blues y el jazz.
Las aguas del lago Ponchartrain habían vencido la resistencia de los diques para pasearse por la ciudad segando vidas y derrumbando construcciones. Las quejas de racismo en las labores de rescate obligaban al presidente Bush a defenderse, al aire, desde la zona de la tragedia. La ley marcial, ejecutada por miles de soldados estadounidenses, no impedía que bandas organizadas a la carrera siguieran saqueando los negocios y viviendas de un millón de personas que fueron evacuadas antes de la llegada de los vientos que viajaban a 240 kilómetros por hora.
‘Katrina’ nació, como tormenta tropical, en Bahamas. Apenas un día después de haber pasado como huracán de categoría 5 por el principal puerto sobre el río Misisipi, el eco de su furia hacía que un hombre se suicidará saltando desde una tribuna del Estadio Superdome, donde más de 20 mil personas permanecían hacinadas sin agua ni luz, mientras la mamá del presidente Bush aseguraba, sin sonrojarse, que los damnificados estaban mejor que en sus casas arrasadas por el viento y el agua.
Seguía Centroamérica Una nueva tragedia azotaba a la humanidad. Centroamérica tuvo su turno en octubre. Llegaba ‘Stan’. México, Guatemala, El Salvador y Nicaragua vivieron en tres días el paso del huracán.
Panajab, una aldea de indígenas en el lago Atitlán, fue borrada del mapa. Los cultivos de chile, maíz y fríjoles fueron devastados junto a los ancestrales telares de los artesanos. Sus 1.500 ranchos de adobe fueron sepultados con la mayoría de sus habitantes bajo el lodo. El poblado fue declarado camposanto porque los lugareños apenas pudieron rescatar, con la colaboración de sus vecinos de Santiago de Atitlán, 71 cadáveres.
Mientras tanto, en Tapachula, pueblo del deprimido sureste mexicano, 2.500 casas eran arrastradas por un río enfurecido. Los pobres, de nuevo, estaban en el ojo del huracán. Por eso, los turistas europeos que visitaban la zona se resistieron a ser evacuados hacia la capital para emprender la noble tarea de buscar vida entre la muerte. Unidos por el dolor El tsunami del sudeste asiático, los huracanes ‘Stan’ y ‘Katrina’ y el reciente terremoto de Cachemira acabaron con la vida de 319.000 personas. A eso habría que sumarle las 1.630 víctimas de los tifones, nevadas, sequías, inundaciones y terremotos que azotaron a la China para reconstruir el mapa de la furia con que la naturaleza ha azotado a la humanidad en el 2005.
India y Pakistán han tenido dos guerras (1947 y 1965). El motivo es la disputa de Cachemira, región ubicada en la cordillera Himalaya. Sin embargo, el pasado sábado debieron aunar esfuerzos para empezar las labores de rescate, a causa del terremoto de 7,6 grados en la escala de Richter que azotó la zona.
La placa tectónica eurasiática volvía a moverse como el día del tsunami. Pakistán aún vive la más grande tragedia de su historia. A los muertos ocasionados por la guerra y el frío de las alturas, debían sumarse 23.000 personas más. En el valle del río Yelam, miles de campesinos, dedicados al cultivo de arroz y el pastoreo de cabras, caminaban por la carretera con sus enseres sobre la espalda. En cuanto aparecían los camiones con ayuda humanitaria, los asaltaban en caóticas escenas que se instalaban en los televisores de todo el planeta.
El Ramadán, mes sagrado en que los musulmanes ayunan, era infringido con la comida que caía desde los helicópteros que no alcanzaban a trasladar 1.000 toneladas de alimentos represadas en Islamabad, capital del país. Los fieles del Corán pedían perdón a Alá, tras atragantarse con el ‘maná’ que, como en el pasaje bíblico, caía del cielo.
Tal vez, Él los haya oído. Ahora falta pedirle a la naturaleza que se calme o, aun más complejo, rezarle al hombre para que detenga la triunfal marcha del progreso que está contaminando el aire, secando los ríos, arrasando los bosques y provocando la furia de la Tierra.
 
Andrés Garibello y Héctor Cañón.
 
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Publicado octubre 24, 2005 por rosawrosa en Uncategorized

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