Tarjetas de Navidad – Carmen M.Camacho.   Leave a comment

 
 
Tarjetas de Navidad.
 
Erase una vez un diciembre de mi infancia, todos los niños del barrio andábamos con mucho apuro tratando de escribir la Carta del Niño Dios. Las peticiones eran inverosímiles, yo, pedía un viaje a la luna; Ana, mi vecina, deseaba un coche de pedales para pasear a su madre sobre imposibles ciudades llenas de lujo.
“Y tu que vas a pedirle al Niño Dios”, le pregunté a Francisco.
“Pues yo quiero estudiar tercero, y que me traiga bastantes lápices de colores y papel para dibujar y pintar hasta que me muera.”
Así fueron pasando los días. El 23 de diciembre encontré a mi amigo Francisco afanado. Alguien le había regalado recortes de papel. Con una tijera los cortaba hasta hacer pequeñas tarjetitas en las que pintaba nacimientos, estrellitas, angelitos, campanillas y lucecitas navideñas, escribiendo después un breve mensaje de felicitación con su nombre grandote un garabato infantil al margen.
Todo el día lo pasó trabajando en dibujar tarjetas, y al día siguiente me invitó a una tarea muy rara. Nos subimos como a eso de las nueve de la mañana a un álamo negro, cuyas ramas daban una parte sobre la acera y la otra sobre el techo de la casucha de Francisco.
El llevaba en la bolsa sus tarjetas y me dijo: “Ya verás cómo la gente se alegra cuando vea mi felicitación”.
Y comenzó otra labor. Cuando veía acercarse a un transeúnte le dejaba caer una tarjeta, creyendo con la inocencia del niño que aquella persona mayor se detendría a recoger la tarjetilla. Pero no era así, el viento la elevaba como una estrellita o la iba a depositar al centro de la calle, muy lejos del destinatario.
Pensé que eso instalaría en la tristeza al pequeño felicitador, pero no fue así:
“Para eso hice bastantes”, me dijo y siguió al acecho de viandantes, algunos de los cuales —muy pocos por cierto— recogían la tarjetita, la leían, unas veces la guardaban y
Otras hacían con ella una bola de papel y la tiraban.
Como a las doce y media de la mañana, vimos venir a un señor ataviado con un viejo y gastado abrigo de paño marrón. En su mano izquierda traía un cuarteado cartapacio de cuero y con la derecha se apoyaba en viejo un bastón.
El hombre llegó ante la casilla donde vivía Francisco y golpeó tres veces la puerta. Quedó a la espera de que alguien le abriera y aprovechó el instante para quitarse el gastado sombrero.
En ese momento Francisco echo una tarjeta que salió revoloteando, y, por pura casualidad, fue a caer dentro del sombrero de don Manuel, pues de él se trataba.
Se sorprendió el hombre, sacó la tarjeta, la vio y sonrió. Después busco con la mirada alrededor y arriba, y claro, nos vio en las ramas del álamo negro, y sobre todo miro a Francisco que tenía un puñado de tarjetas en la mano.
La madre de mi amigo le abrió la puerta, entró don Manuel que seguramente llegaba a cobrar la renta, estuvo dentro de la casa alrededor de cinco minutos, y después salió y se fue, no sin antes saludarnos con su sombrero y hacernos un gesto de benevolencia con la cabeza.
Seguimos arriba en las ramas del álamo hasta que se agotó la provisión de tarjetitas, después bajamos y cada uno se fue para su casa.
En la tarde y por la noche todo era expectativas cargadas de ilusiones, comentando lo que haríamos con lo que nos trajera el Niño Jesús esa noche.
No esperó mucho el Niño Dios: Ya antes de las diez de la noche yo estaba jugando sobre la cama donde dormía con mi madre, con un cohete chiquito de plomo, única dádiva que me había dejado el Niño por mi buen comportamiento mi nave espacial para ir de viaje a la luna. Mi amiga, Ana, jugaba con una bolsita de celofán atada con un gran lazo azul llena de chocolatinas que el Dios Niño le había dejado en lugar del coche rojo de pedales.
Cuando fuimos a ver qué le había traído a Francisco el Niño, nos topamos con una sorpresa. Sobre su cama estaba un lindo estuche con más de sesenta lápices de colores, también bastante cartulina para dibujar y tres álbumes para colorear.
Mi amigo estaba feliz. Esa misma Nochebuena comenzó a pintar bajo la débil luz de una pobre bombilla, y hubiera seguido hasta el día siguiente si el cansancio de tantas emociones no lo hubiera vencido y obligado a dormir.
La fiebre del dibujo le subió durante los días siguientes. Dibujaba y coloreaba con ansiedad. Cuando llegó febrero otra sorpresa nos esperaba, Francisco con ropa de estreno iba muy elegante para la escuela, haría su tercer curso, de primaria, y además estudiaría dibujo en la ciudad.
Después con el paso del tiempo supe que Francisco había encontrado un mecenas navideño.
Y adivina adivinador… Era don Manuel Lozano, el viejo avaro cara de limón…
 
Carmen M.Camacho.
 
En el mes navideño…

 
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Publicado diciembre 18, 2006 por rosawrosa en Cuentos...

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